lunes, 1 de mayo de 2017

Acoso escolar: víctima, verdugo o testigo


Llevo unos cuantos capítulos de "Por trece razones", suficientes como para haber removido viejos fangos pasados y traerme a la memoria cosas que, aunque sabía que estaban ahí, hacía mucho que no recordaba. 

Mi acoso fue algo diferente al de Hannah Baker. Tuve un sólo verdugo, y fue suficiente. Recibía anónimos espeluznantes y su autora era la primera que me reconfortaba y me preguntaba, me consolaba y me sonsacaba, para luego usar esa información en los siguientes ataques. Sobres escritos a mano con una letra que yo reconocía, a pesar de sus intentos por disfrazarla, y que aparecían entre mis cosas cuando menos lo esperaba, manteniéndome en un terror y una intranquilidad constante. Me manipulaba y me torturaba psicológicamente de una manera tan retorcida que yo, en mi inocencia, aunque sospechaba que era ella, no podía asimilar que alguien pudiera ser tan mala persona, y seguía acudiendo a ella a contarle lo que me estaba pasando. Esa incredulidad me hacía vivir en constante tensión, sospechando de todos mis compañeros, siempre asustada, y al mismo tiempo con la seguridad casi del 100% de que la culpable era quien más se preocupaba por mí. Supongo que eso me hacía parecer más tímida y callada de lo que en realidad era, y me aisló, cosa que tampoco me importó demasiado en su momento. Yo no quería hacer amigos: sólo quería que acabase aquello, que esa chica desapareciera de mi vida. Luego ya, si eso, cuando aquello parase, ya me ocuparía de hacer amistad con alguien normal, que no jugase con mi miedo de esa manera. Si eso ocurría, todo iría a mejor, y así fue. Lo único que deseaba con ansia viva era que el colegio terminara y empezara el instituto. Ver caras nuevas, de las que no sospechar. Borrón y cuenta nueva. Y así fue. Nunca más tuve problemas de bullying.

Lo más curioso del acoso en las aulas y lo que más fresco me viene a la mente cuando pienso en el mío es la pregunta sin respuesta de "¿por qué yo?". La angustia no tanto ante los efectos, ese miedo constante, ese no querer tener que ir a clase, sino ante lo inexplicable del por qué. La mala suerte de que te tocara la china a ti, y no a otro. En aquel momento, piensas que tiene que haber algo en ti que está mal hecho. Que te comportas de una manera equivocada, pero tú te analizas y no ves demasiada diferencia con el resto de la gente que vive feliz y sin atosigamientos ni malos rollos. Intentas pasar desapercibida, pero no puedes. Darías lo que fuera para que la tomaran con otro y se olvidaran de ti, aunque sólo fuese una temporada. Sí, eres así de egoista, porque se trata de sobrevivir. Luego pasa el tiempo, vuelves a analizarlo y comprendes que hubiese dado igual lo que hubieses hecho o cómo hubieses sido: eras carne de cañón. Resulta que te han puesto gafas. O aparato en los dientes. Eres pelirroja, zanahoria. O estás gorda. O eres demasiado lista. O demasiado tonta y lo suspendes todo. Eres una apocada, insignificante, feúcha: ni con un palo, vaya. O eres una guarrona, provocadora y fácil. Cualquier cosa puede servir para sacarle punta y pincharte. Así que da igual lo que hagas, lo que te esfuerces. Si te cuelgan la etiqueta de "víctima", será como un tatuaje que no podrás quitarte, por mucho que restriegues el estropajo: te arrancarás la piel a tiras, pero te acosarán, seas como seas, hagas lo que hagas. La única opción para librarte es que te revuelvas, y seas tú quien acose. O quien apoye al abusón con tu silencio. El silencio, ese impuesto revolucionario que te libra, pero que también te hace culpable. No hay imparciales en esto: o eres víctima o verdugo.

No, el factor "lo cuento al profesor o a mis padres" no entra en la ecuación en esos momentos, a esas edades, en ese ecosistema. Por mucho que sea lo que se recomienda, lo sensato, lo lógico. Por mucho que cuando eres padre, lo veas cristalino. Cuando estás ahí dentro, es una opción impensable. Es la peor de las soluciones, ni te la planteas.

Así que ahora, más de treinta y cinco años después, sigo mirando con aprensión aquellos años, tan teóricamente felices y los peores de mi vida. Porque sé que fue inevitable. Por temperamento, no podía ser acosadora, así que sólo tenía dos posibilidades: ser de los que miran, sin hacer nada, dando gracias al cielo por haberme librado, o ser una víctima. Tuve mala suerte.

Pura lotería.

Puta lotería.

jueves, 12 de enero de 2017

Pa matarme...

Tengo una vida que no me he ganado, que no planeé, que no encaja para nada en mi idea inicial de lo que pensaba que sería mi existencia cuando no era más que una niña con todo por hacer. Varias carambolas del destino y de la casualidad me han traído hasta aquí, empujándome con mucha más fuerza de la que yo pudiera ejercer en otras direcciones.  Y es esa involuntariedad de muchas de mis no-decisiones la razón de que haya momentos en los que me sienta estúpidamente culpable. Porque si yo no forcé las cosas para que fueran como son, ¿por qué esa sensación de que lo bueno que me pase es algo que no me merezco del todo? Aunque ¿acaso me merecí lo malo, cuando llegó?

Soy idiota, soy consciente de ello. Y sin embargo, a veces me siento como un barco llevado por la corriente. Podría remar, pero la sola idea me cansa. Y, sobre todo, sé que ponerme ahora a remar en contra de esta corriente sería un absurdo que me conduciría a un sitio peor, y traería además consigo pasarlo mal mientras tanto. Y aún así, es como si estuviese haciendo algo malo cuando disfruto de la parte buena de no remar. Cuando reconozco lo bonito del paisaje que se ve desde aquí. Cuando no sentirme cansada me hace sentirme culpable.

¿Ves? Soy absolutamente idiota.

martes, 13 de septiembre de 2016

Trece años

Cuando empecé el blog tenía 36 años. Ahora tengo 49. Y aunque me haya ido y vuelto en varios momentos a lo largo de todo ese tiempo, mirando los archivos compruebo que no hay ni un solo año en esos trece en los que no haya algo escrito. Y sin embargo, cerré la ventana pensando que ya no tenía sentido, pero fue una huída inútil: la necesidad de seguir escribiendo estaba ahí. Pensé que había cerrado un ciclo, pero fue una falsa impresión. Seguía haciendo posts, muchos menos, pero de idéntica manera. No cambié ni contenido, ni estilo. La Teresa que iba recorriendo esos trece años iba viviendo, cambiando, envejeciendo, pero nunca soltó del todo el extremo del hilo que la mantenía unida a la ventana. Probé otros formatos (ahora me gusta hacer fotos), descubrí que mi buena capacidad de síntesis me hacía muy cómodo y atractivo Twitter, pero siempre y sobre todo me he sentido bloguera. Así que durante unos días catárquicos, en los que las circunstancias se confabularon para hacerme pensar un poco más de la cuenta, de pronto lo vi claro. 

En realidad no he vuelto, porque nunca me fui del todo. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Otra vez aquí

Abrí este blog en marzo de 2003, y desde entonces lo he cerrado y lo he abierto un buen puñado de veces. Y lo he hecho convencida de que, ahora sí que no daba más de sí. Tan convencida y tan comprometida con mi decisión de punto y final que cuando me ha dado ganas de escribir de nuevo, he vuelto a hacerlo, sí, pero abriendo un nuevo blog. Porque pensaba que era lo que había que hacer cuando cierras páginas. Cuando terminas un cuaderno y ya no hay más hojas, y no te queda otra que acercarte a la papelería a por uno nuevo.

Pero no estamos en el mundo del papel y los bolis, así que este cuaderno de la ventana nunca se quedó sin hojas. Más bien fui yo la que se quedó sin fuelle, y pensé que irme con la música a otra parte significaría algo. Error. Doble error, porque lo hice dos veces. Fue necesario que abriera dos blogs exactamente iguales a éste, pero con otros nombres y otro aspecto para darme cuenta de que lo que escribía allí era lo mismo que podría haber escrito en esta ventana. Que no había cambiado el estilo, ni el contenido, ni el espíritu "ventanístico". Que era una pantomina de cara a la galería (inexistente, por otra parte, porque casi nadie se enteró de que volvía a tener blog, y mis antiguos lectores no acudieron en masa a leerme a otra parte, lógicamente...), y, lo peor de todo, de cara a mí misma. Porque estaba sinceramente convencida de que cambiar de aires iba a hacer que escribiera de nuevo, más y mejor.

Pues no. No escribí más, sólo unos pocos posts, treinta y tantos en cada blog, y, como digo, de la misma manera que hubiese escrito en el blog que ya existía desde hacía más de una década. Así que, ¿para qué mantener abiertos tres sitios cuando realmente no hace falta más que uno?

Por otro lado, ahora que me muevo más por Twitter, veo que hay una necesidad natural de expresarse largo y tendido. Han nacido "los hilos", o sea, cadenas interminables de tuits que podrían perfectamente ser un post. El cuerpo nos pide leer y escribir posts, y no nos damos cuenta. O sí, yo sí que lo he hecho, por eso también estoy de nuevo aquí.

Revisar posts antiguos de Nepomuk y sus mundos, y ver cómo él ha resistido firme escribiendo todo este tiempo en el que yo titubeaba y daba tumbos, también tiene parte de culpa en mi presencia aquí y ahora.

Esta ventana ha estado tapiada durante casi un lustro, y no sé muy bien por qué. Hoy vuelvo a abrirla.

Que entre el aire.

domingo, 14 de agosto de 2016

Un mes sin compras/2

Segunda semana de agosto y de este reto de vivir sin comprar caprichos y/o cosas superfluas o no imprescindibles. Aprovechando esta austeridad autoimpuesta, he dado una vuelta a mis armarios de ropa, y de paso, he "konmarizado" de nuevo todo mi vestuario, eliminando una bolsa de basura que doné al contenedor ese que termina vendiéndolo. Llevo un año o así haciendo (o medio haciendo, porque al final siempre meto alguna prenda más...) el armario cápsula del Proyecto 333, y como quiero seguir con ello y hacerlo con más rigor, decidí fotografíar todas las prendas (excepto las de deporte y la de estar en casa y dormir) y meterlas en una de esas aplicaciones de ropa y conjuntos (me niego a usar el palabro "outfit") para centralizarlo todo y organizarlo mejor. La aplicación que encontré, gratuita, se llama Stylicious.

O sea, que en el tema ropa sigo sin tener tentaciones, a pesar de las rebajas, porque al catalogar todo el contenido de mis armarios y cajones, he visto que tengo mucha ropa que me gusta y que me pongo, así que no necesito nada. Esta semana tuve que comprar un regalo de cumpleaños y estuve en varias tiendas de ropa, pero fui directa a mi objetivo, y ni siquiera miré nada que no fuera eso. Sin forzarme, simplemente no me apetecía nada. 

No he repuesto el gel y el champú que devolví a Lush, por cierto. De momento, uso jabón de manos y la gelatina de ducha de Lush, y como champú, uno de tratamiento de Klorane, para curar, precisamente, la irritación que me produjo el que devolví. 

Mis dos únicas compras extraordinarias han sido una percha de las de colgar detrás las puertas y el periódico de ayer. ¿Imprescindible? No, por supuesto. La percha sí que era necesaria desde hace meses, así que creo que no entra en la categoría de caprichos, sino de "domésticos". "El País" lo compré porque siempre lo compro el segundo sábado de cada mes, ya que trae el suplemento "Buena Vida", y me gusta mucho. Ni siquiera me di cuenta, hasta ahora que estoy escribiendo este post, que me salía del reto al comprarlo. 

¿Balance mental? Malo. No echo de menos comprar ciertas cosas o caprichos, pero me molesta mucho la sensación de sentirme prisionera de mí misma y mi autoimpuesta austeridad extrema. De medir cada acto. De bloquear cada deseo. De frustrarme yo sola sin necesidad. No voy a seguir otros quince días, no porque quiera fundir la tarjeta de crédito en las rebajas esta misma tarde, que no lo haré, pero sí porque me siento tonta escatimando y midiendo cada pensamiento consumista, como si no tuviera dinero o me fuera a regañar mi madre. Soy libre y me gusta sentirme libre. Tengo dinero y quiero poder disfrutar de él si me apetece, sin sentirme culpable ni mal, como me estoy sintiendo la mitad del tiempo desde que empecé el reto.

Mi conclusión es que no soy gastosa por naturaleza, por crianza y por ambiente, pero precisamente por eso, porque he tenido épocas de escasez y obligada austeridad, me duele y me angustia tanto autolimitarme de esta manera tan radical ahora que puedo. Es como si alguien que ha pasado hambre durante años de pronto tuviera comida en el frigorífico, pero no se atreviera a tocarla. No me sale derrochar, y menos ahora que ando tan minimalista y simplista en cuanto a lo material. Pero no puedo evitar sentirme incómoda conmigo misma, muy estúpida cuando corto de raíz los pocos caprichos que tengo. Estoy casi a la mitad de mi vida. Quiero disfrutarla y sí, eso incluye gastar, y volverme un poco loca alguna vez. Y no creo que sea malo. 

Así que, abandono el reto de un mes sin compras en el ecuador del mismo, hoy domingo, 14 de agosto de 2016. Lo siento, Mirichán...