domingo 4 de marzo de 2012 21 comentarios

Fin

Hoy termina el blog de Jesús Miramón, Las cinco estaciones, y también hoy me he dado cuenta de que el mío, esta ventana que pronto llevará abierta nueve años, también está terminado desde hace meses, aunque me haya resistido a darme cuenta. Mi falta de ganas de escribir en él no es la causa, sino una consecuencia. Me explico. Es el concepto el que ya no se corresponde con la realidad. La ventana por la que un día decidí mirar y asomarme a ver el mundo sigue ahí, pero yo ya no miro a través de ella. Porque ahora estoy fuera, formando parte de ese escenario que antes sólo me limitaba a observar. Así que me temo que, igual que ocurre cada cierto tiempo con los blogs de Jesús, el mío también haya tocado a su fin, aunque sin premeditarlo, simplemente de manera natural, cerrando un círculo. Aunque fuese algo que ni me planteé en su día, su fin lógico era el momento en que yo atravesara el cristal de la ventana y saltara fuera. Justo lo que ha pasado. Ya no me limito a mirar lo que hacen los otros desde el interior: me mezclo con ellos al otro lado. Quizás eso explique mis problemas para escribir en los últimos tiempos, mi dejadez, y la manera en que el blog ha ido perdiendo fuelle. Así que, aunque me dé bastante pena por la cantidad de cosas que me han pasado con este blog pegado a mis talones, creo que es el momento de poner el punto y final en él. Por coherencia y por saber dejarlo en el momento adecuado. Para guardar de él un buen recuerdo, y emprender una nueva aventura con otro nombre y en otra casa. Porque sé que sin blog no voy a poder estar mucho tiempo: me gusta escribir, lo necesito para pensar, para aclararme las ideas, y porque me gusta sentir que lo que cuento le interesa a alguien, y este formato es perfecto para todo eso. Y soy consciente de que en todo este tiempo he logrado interesar a bastante gente. Algunas de esas personas que se han cruzado en mi camino por culpa de este blog ya forman parte de mi vida, más allá de la pantalla, y sólo por eso debería estarle agradecida. 

Así que ahora sí, cierro los visillos, bajo la persiana y cierro definitivamente mi ventana.

Hasta la próxima. (*)

(*) Sigo en Twitter y en mi blog de cocina, así que quien quiera seguir en contacto conmigo, puede hacerlo fácilmente... Gracias a todos los que os habéis pasado en algún momento por aquí.



sábado 18 de febrero de 2012 2 comentarios

Atrapando instantes


Mi relación con la fotografía ha sido, durante toda mi vida, de amor-odio. Nunca fui de esas niñas que sacan la lengua y se niegan a salir en foto, pero sí que me costaba ser natural y cada vez que me ponía delante de una cámara era la crónica de un fiasco anunciado. Era como si siempre estuviese pensando "Esta vez voy a salir de nuevo horrible...", y claro, salía horrorosa. Tristona, sin estarlo. Seria, mucho más de lo que realmente era. Y asustada, sin motivo ninguno para tener miedo. Tengo pocas fotos de niña riendo desde los cuatro años en adelante. Supongo que cuando fui consciente de mí misma empecé a sentirme intimidada por las cámaras. En los carretes de mis padres, todavía hay alguna foto pasable, pero las fotos de estudio son realmente momentos congelados de "Por favor, que esto se acabe pronto, yo no quiero estar aquí." Allí sí que me sentía ya no intimidada, sino muerta de miedo y vergüenza ante el señor fotógrafo. De nada servía que me dejara juguetes, o que me colocara con suavidad el pelo detrás de las orejas. No sabía qué cara poner, y siempre ponía una extrañísima que no era la mía de todos los días. No me reconozco en esas fotos. O lo que es peor, sí lo hago en algunas, y me da muchísima pena de esa niña con expresión siempre tensa, en guardia, sin esa despreocupación tan propia de la infancia. 

Con el paso de los años me tocó a mí coger la cámara, y tampoco le encontré el gusto. El momento de parar para hacer una foto en vacaciones siempre me parecía inoportuno, me daba una pereza infinita, y volver a casa con un carrete de fotos de monumentos que estaban en cualquier enciclopedia conmigo delante en tamaño diminuto, tampoco me motivaba gran cosa. Pero todo cambió cuando encontré un marido no sólo aficionado, sino buen fotógrafo. Pude delegar la tarea de las fotos de vacaciones en él, y empezar a salir en algunas, descubriendo con alegría cómo la chica asustada empezaba a sonreir en las fotos, y a reconocerse. Es curioso observar el antes y el después en mis álbumes a partir de mi encuentro con Thierry.  

Ahora no tengo marido que me fotografíe, pero sí una cámara que empiezo a usar con gusto. Me temo que seguiré sin hacer fotos de monumentos, pero el Iphone 4S y su facilidad de uso me está descubriendo un universo nuevo, una forma distinta de pararme a mirar el mundo que me está empezando a gustar. Y gracias a la doble cámara, también de seguir mirándome a mí misma. Mis autoretratos siguen siendo los de la mujer alegre de los últimos años, más o menos sonriente, pero ya nunca tensa ni temerosa de que la cámara revele más de la cuenta. Supongo que ya he perdido mucho de ese miedo que arrastré durante tanto tiempo y que tan claramente recogían aquellas viejas fotos. Porque con el tiempo, me he dado cuenta de que no pasa nada porque te miren, y te vean. Al contrario.

(Foto de la flamante ganadora del premio 20Blogs de este año, Clara Grima, a la que tengo el gusto de conocer y con la que compartí la emoción de su victoria la noche del jueves. En ese instante, Luis Piedrahita la nombraba junto a los demás finalistas... Unos segundos más tarde estallaba la alegría. Su blog, Mati y sus mateaventuras, bien se lo merecía. ¡Enhorabuena a Clara y también a Raquel, la ilustradora del blog, que no pudo estar en Madrid esa noche tan especial...!)


jueves 16 de febrero de 2012 9 comentarios

Tiritas en el alma

Es cierto eso de que la mirada de los demás determina en gran medida nuestra manera de ser. No somos como en nuestro interior creemos que somos, ni siquiera como nos ven los demás. Somos una mezcla de ambas cosas: estamos hechos de esa visión y de la nuestra propia. Pero casi siempre, lo que realmente nos define está hecho del cómo nos comportamos. Más que nada porque es la materia tangible, lo que termina saliendo a la luz, nuestra carta de presentación ante el mundo, lo que el resto percibe. Y da igual que argumentemos de mil maneras que somos unas buenísimas personas si lo que hacemos nos contradice. "Obras son amores, y no buenas razones", dice el refranero, y así es. La coherencia entre lo que pensamos que somos y la manera de llevarlo a la práctica es fundamental. No tenerla puede terminar haciendo que nuestra imagen se deforme. Y el mundo perciba a una persona muy distinta a la que creemos ser, nada acorde con nuestra idea de nosotros mismos, y, lógicamente, no nos encajen las reacciones de los demás. Y al final nos sintamos incomprendidos, alucinados al comprobar cómo es posible que la persona que ellos ven tenga tan poco que ver con la que nosotros vemos desde dentro.

Sin embargo, hay veces que esa falta de correspondencia es premeditada. No de manera consciente, pero sí como una forma de protegerse de las amenazas exteriores. Guardando dentro, fuera de las miradas de los demás, una parte de uno que se sabe excesivamente vulnerable para ser expuesta. Por temor a ser heridos, casi siempre. Por experiencias previas negativas, como el perro apaleado que recela y se acerca poco y con miedo. Y sin embargo, esa labor preventiva suele ser perjuidical a largo plazo. Porque vendarse entera el alma evita que te hieran, sí, pero también impide el paso del aire y del sol. Y las heridas no cicatrizan del todo si no se exponen al aire. Uno se protege, sí, pero también se aisla. Y llega un día en el que te encuentras con que la gente te mira desde lejos, justo desde el lugar donde tu desdén les lanzó, fuera de tu alcance, donde no pueden herirte, pero tampoco quererte. Y quizás sea el momento de replantearte toda una estrategia vital que, quizás funcionó en un principio, pero que ha terminado por dejarte solo, o casi: acompañado de una persona que nadie más que tú conoce. Y que nadie conocerá nunca, hasta el día en que la permitas asomar la nariz al mundo.
lunes 13 de febrero de 2012 8 comentarios

Disfrutando del momento


Supongo que resulta bastante egoista andar por la vida con una sonrisa cuando el mundo convulsiona ante tus ojos, pero no puedo evitarlo. Ahora me toca vivir un momento dulce, y me las arreglo para que los problemas de los demás me toquen, pero no me mojen, como el agua que salpica a las plumas de un pato. Cada vez pongo menos la televisión (¿Dónde quedaron aquellos tiempos en los que no perdonaba los telediarios en su primera y segunda edición?), pero es que además tampoco compro periódicos los domingos, ni pongo la radio. Me entero de que el mundo sigue girando porque cada cierto tiempo se hace de noche y luego de día otra vez. Las noticias llegan a mi en su mayor parte a través de las redes sociales, y me preocupan cuando son malas, claro, pero sólo un rato. Encuentro placer en las pequeñas cosas, en el corto plazo, en lo inmediato: un bizcocho esponjoso compartido con una amiga, un lametazo de mi perra mientras leo con ella tumbada a mi lado, una puesta de sol rabiosamente naranja vista desde mi terraza. Mis ambiciones se reducen a seguir proporcionando felicidad a la gente que se lo merece, dejando que me quieran y agarrándome a lo mucho bueno que me rodea. No está bien decirlo, pero no hacerlo sería negarlo: soy feliz.
miércoles 1 de febrero de 2012 12 comentarios

Echando las cortinas


No voy a cerrar el blog. Vaya por delante. Pero visto lo visto, sí que estoy ralentizando mucho el ritmo de escritura y publicación, y es evidente sin que yo le dedique un post al asunto. Ahora mismo ando dispersa y sin muchas ganas de escribir, ni de dar vueltas a las cosas, simplemente prefiero dedicarme a vivirlas, sin necesidad de destriparlas sobre el papel. Son fases. Cada momento pide una cosa, y éste a mí me pide parar un poco aquí. Y sin embargo, de repente tengo muchas ganas de dedicarle más tiempo y energías a mi blog de cocina, así que eso haré. Es lo bueno de ser libre para poder hacer lo que te apetece en cada momento. Y aquí puedo hacerlo.

Así que si alguien me busca, andaré por la cocina. Y en Twitter.
 
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