domingo, 20 de abril de 2003

Desde que recuerdo, y esto se remonta al día en que aprendí a atarme los cordones de los zapatos, cuando tenía cuatro años, me he sentido sola. A pesar de no haberlo estado nunca del todo. Lucho contra esa sensación inútilmente, pero se cuela en mi alma como el calabobos, sin que me dé cuenta. Puedo pasarme largas temporadas pensando que sí, que al fin el tiempo ha aclarado, y de pronto, observar con estupor que, de nuevo, estoy empapada. Calada hasta los huesos. Y no sé qué es peor, si el descubrimiento de que nada cambia, a pesar de las apariencias, o el no terminar de creer que no está lloviendo, ni siquiera cuando el sol brilla rabiosamente.

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