martes, 22 de abril de 2003

El niño no deja de mirarme. Está de rodillas en el asiento trasero, y supongo que le ha impresionado mi coche, aunque posiblemente lo que más le haya chocado es que yo le sostenga la mirada y no me limite a sacarle la lengua, como suele hacerle todo el mundo. Debe tener unos seis años, y sujeta con fuerza en la mano derecha una pequeña excavadora Caterpillar. Se ha establecido un auténtico duelo entre nosotros, y yo no estoy dispuesta a perderlo. Y me temo que él tampoco. Debemos llevar más de cinco minutos así, mirándonos fijamente a los ojos. De pronto, su madre se da la vuelta, y de un manotazo le obliga a sentarse bien. Me pilla tan de sorpresa que pego un respingo, e incluso llego a pisar bruscamente el freno. Soy yo la que ha perdido. Mierda. Todo ha sido tan rápido que la excavadora amarilla se ha quedado en la bandeja trasera. Sé que no volveremos a vernos, pero no me importa. Ha sido un buen contrincante. Y estoy segura de que cada vez que vea un New Beetle rojo buscará mis ojos. Igual que sé que yo no podré evitar acordarme de él cuando pase por una obra y vea una excavadora Caterpillar. No le olvidaré nunca. Y el a mí, tampoco.

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