martes, 15 de abril de 2003

Hoy llueve, y mucho, así que apoyo la frente contra el cristal, y sorprendida miro la cantidad de ventanas abiertas que aparecen ante mis ojos. Soy curiosa, no puedo evitar asomarme a algunas de ellas, la invitación es demasiado tentadora. Compruebo con regocijo que comparten mi idea de descorrer las cortinas, de dejar entrar un poco de aire fresco, de que el sol inunde esas habitaciones a veces demasiado sombrías. Aunque los muebles pierdan algo de color, no importa. Asomándome a algunas de esas ventanas, he visto rostros sonrientes compartir chispazos de felicidad, y me he sentido privilegiada de poder llevarme conmigo un poco de esa dicha sólo por mirar. A través de finos visillos he adivinado tragedias, y he sentido punzadas de dolor al comprobar que, a pesar de todo, siempre terminamos estando completamente solos, y ese convencimiento es mucho más hiriente que el simple hecho de tener que afrontar la vida en solitario. Me he sobresaltado al encontrarme de pronto con unos ojos que miraban directamente a los míos, con el mismo interés y el mismo afán de respuestas que más tarde me llevarían a pensar que las almas gemelas existen y además a veces se encuentran. Y la angustia y el desconcierto me han atenazado el alma al encontrarme tapiada esa misma ventana, y he llegado a pensar que todo aquello que viví con tanta intensidad no fue más que una alucinación, un juego de la luz contra las cortinas, unas sombras chinescas que sólo yo creí reales. Es lo que tiene vivir con las ventanas y las puertas de par en par. Lo mismo entra el polvo, las bolsas de pipas y las hojas secas cuando se levanta un vendaval, que el olor a madreselva del seto del jardín del vecino...

0 comentarios: