viernes, 25 de abril de 2003

Intento por todos los medios que no me influya, pero es inútil. Mi espíritu siempre se ha rebelado contra esa actitud derrotista, alarmista, negativa, culpabilizante. Jamás me resigné a aceptar que las cosas tenían que ser así. No podía ser. No debía ser así. Era demasiado injusto, excesivamente decepcionante. Sin embargo, ni siquiera saber que voy a encontrarme con ello, logra inmunizarme a los letales efectos que sobre mi alma ejerce su forma de ver las cosas. Tantos años sabiendo lo que hay, y aún consigue machacar mi entusiasmo con la lógica aplastante de su pesimismo. Sé que será pasajero, que esta horrible sensación desaparecerá, igual que termina por atenuarse el enrrojecimiento de la piel tras una siesta al descuido a pleno sol, en la playa. Pero de momento, escuece. Y fastidia. Mucho. Volveré a mi ser habitual, capaz de ver el lado bueno de las cosas, esquivando al fantasma de la culpa, aceptando los baches de la existencia como una forma quizás un tanto incómoda de llegar a buen puerto, pero nunca como algo disuasorio para emprender el viaje. A pesar de todo, volveré a ser yo. Hasta la próxima vez.

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