martes, 8 de abril de 2003

Los periodistas caen en las guerras, y sus vidas, sin valer ni más ni menos que las de tantas víctimas en combate, parecen doler más. Y quizás sea un dolor con fundamento, porque millones de personas ven la vida a través de esos ojos. Y su muerte arrastra contigo la de una pequeña parte de cada persona que, en algún telediario, se estremeció con las imágenes tomadas por José Couso. Igual que todo el que haya leído con un mínimo interés una crónica de Julio A. Parrado es, en cierto modo, un mutilado de guerra, porque ha perdido los ojos que le permitían ver lo que allí ocurría.

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