sábado, 31 de mayo de 2003

Anoche me mataron. No lo esperaba, aunque dudo mucho que saber que me iban a mandar al otro barrio lo hubiera hecho menos traumático. Una parte de mi saltó por los aires al hacer "click" en un nuevo mensaje de la bandeja de entrada de mi correo. Una mezcla explosiva de palabras que me estalló entre los dedos, destrozando a su paso todo lo que había construído otro puñado de silabas unidas entre si en los últimos seis meses. Sí, las palabras pueden ser muy peligrosas. Material altamente sensible de manipular. Capaces de acariciar, de establecer puentes increíblemente largos, de crear universos cálidamente acogedores, de resucitar a los muertos, si es preciso. Y también dueñas de una potencia letal para, con una economía de medios escalofriante, reducir a escombros las más bellas estructuras, tan sólidas en apariencia, y tan vulnerables a la hora de la verdad. Hoy el polvo se ha aposentado. Miro los cascotes y pienso en lo efímero que es todo. Echo de menos aquello que fui hasta ayer por la tarde, y aún siento el miembro amputado, y lo muevo, o eso creo, pero no veo nada más que un muñón, aún sangrante. 

Duele. Mucho. Pero, contra todo pronóstico, lo estoy contando. Me parece que sigo viva.

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