viernes, 9 de mayo de 2003

Cuentan los noctámbulos que no hay nada comparable a la magia que se crea a esas horas en que la ciudad duerme y sólo algunas luces salpican el paisaje. Cuando la mayoría de sus habitantes respira pausadamente bajo las sábanas, en un estado de letargo reparador que les permitirá afrontar con algo de éxito las vicisitudes del día siguiente. Una raza aparte la de los desvelados, con los ojos abiertos y el alma al filo de la navaja, moviéndose con mucha valentía y algo de inconsciencia en ese territorio tan poco frecuentado que erróneamente creemos inhóspito por el sólo hecho de ser una región inexplorada. 

Un periodo de tiempo que parece medirse en unidades distintas a las de las agujas de un reloj, donde todo se ralentiza y adquiere un ritmo pausado. Un espacio donde las almas son capaces de aflojar las correas que sujetan las armaduras; esas corazas que, durante las horas de luz, protegen de lo malo... y a veces también de lo bueno. Confesiones imposibles a la sombra de un árbol, emociones incapaces de soportar los rayos del sol, pero que brotan sin esfuerzo alguno durante la noche. Torbellinos de sentimientos, huracanes de contradicciones, vendavales de dolor que la madrugada despierta, y que se manifiestan con toda su furia destructiva, pero también con toda la belleza de fuerza de la naturaleza que son. Virutas del corazón que saltan cuando un espíritu choca con otro. Chispas de autenticidad, a salvo de hipocresías y convencionalismos diurnos. Serrín del espíritu, por una vez dispuesto a dejarse acariciar, aunque a veces queme. Sí. Es magia. Auténtica hechicería.

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