domingo, 11 de mayo de 2003

Eliminar la sensación de zozobra, de extravío inconcreto, pero hiriente, lacerante incluso. Ser capaz de sustituirla no por una calma mortecina y acorchada, sino por un sosiego plácido, armónico con uno mismo y con el resto. Cerrar los ojos y, por fin, oír el silencio, y soportarlo. Dormir con los pies si no calientes, tampoco como témpanos de hielo. No volver a escuchar tus dientes castañeteando sin control. Poder guardar la manta en el armario. Olvidar lo larga que puede ser una noche en la que no dejas de tiritar, por mucho que te arropes. Desterrar el frío. Ese frío.

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