viernes, 30 de mayo de 2003

Los primeras momentos de una amistad suelen ser estimulantes, expectantes , llenos de ilusión, de proyectos comunes, de promesas a larguísimo plazo, de buenas intenciones, que encima suelen ser sinceras, dichas con el corazón. Pero luego la realidad se encarga de bajar al suelo todo, y mucho de lo que se habló con tanta pasión no soporta el aire viciado y prosaico de la vida cotidiana. Hay que ser muy tenaz y tener mucho interés en sacarlo adelante, imponerse a la inercia y a la desidia que tantas veces acaba dando al traste con los mejores amigos, tirar del carro cuando toca, y, sobre todo, delimitar una parcela, la de los sentimientos amistosos, que disponga de su espacio propio y sagrado. Que ni siquiera la hiedra invasora del amor de pareja, que se agarra a cualquier arista libre de nuestro corazón cuando aparece, logre ahogar o sepultar por completo una parte tan necesaria para nuestra felicidad y equilibrio vital.

Espero conservar siempre esa capacidad de reemprender con ganas una nueva aventura amistosa, aunque conozco de sobra el amargo sabor del vapuleo, de la derrota vista desde lejos, pero imposible de frenar, de la indiferencia, mucho más agresiva e hiriente que el mayor de los desprecios. Pero el convencimiento de que el intento merece la pena no lo he perdido aún, y creo que el día que lo pierda estaré absolutamente acabada. Así que por mi no va a quedar..., aunque eso no quiere decir nada. También eso lo sé.

1 comentarios:

Mou dijo...

¿Quién te iba a decir que más de una década después de publicarlo, alguien iba a leer este post y lo iba a aceptar como un guante que recoger gustosamente?