jueves, 8 de mayo de 2003

Me dices que estás hundido en un abismo en el que sólo ves sus paredes, altas e inexpugnables, una sima tan estrecha y profunda que el trocito de cielo que adivinas parece más azul de lo pequeño que es. Que la tristeza te invade, y que allá hacia donde miras sólo ves desolación, y esa negrura se refleja en ti, y lo único que desprendes es una desesperación doliente que se resiste a abandonarte, porque ha encontrado en ti un apóstol que la propaga allá donde tú vas. Que sólo encuentras algo de paz en tus escritos, negros e intrincados, jirones de tu alma pegados al papel, un rincón en el que te sientes a salvo, pero hasta ahí no es capaz de llegar nadie. Nadie que termine contagiado de ese virus letal que envenena el espíritu e impide tender la mano en busca de ayuda, consuelo o, simplemente, el balsámico efecto de oír en voz alta y ver en los ojos de otro lo que hasta entonces sólo había retumbado en nuestra cabeza.

Y lo siguiente que me dices es que no tengo de qué preocuparme. Porque, en realidad, da igual.

Y yo siento que, una vez más, he vuelto al punto de partida, esa casilla de salida que tan bien conozco. Un islote inexpugnable en medio del océano, todo para mi, desde el que intento excavar túneles hasta el continente, sin éxito. Otras veces construyo puentes, y se mantienen en pie, pero tan sólo yo sé cómo usarlos. Tan sencillo como es andar, poner un pie y después el otro... Y me quedo ahí, mirando la otra orilla, tan cerca, pero tan ajena, con mi flamante viaducto que nadie termina de tener claro para qué sirve, nadie más que yo. Y lo único que deseo es que haya tráfico, algún que otro atasco y ruidos de claxon, que se desgaste de tantas pisadas, y unos vayan y otros vengan, y alguien se quede, y yo también pueda irme de aquí,...

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