domingo, 4 de mayo de 2003

Me quedo mirando la pared a medio pintar, y no puedo evitar sentir que a veces la vida es justo eso. Una pared que parece blanca, perfecta y milagrosamente a salvo del trajín diario, sin manchas, ni rozaduras. Como nueva. Pero un día te da por ponerte a pintar, porque sí, no porque la veas especialmente mal, sino porque hace demasiado tiempo que no le dedicas un poco de atención a la intendencia, y es cuando te das cuenta de lo amarillenta y asquerosilla que estaba. Igual que nuestra vida; nos podemos tirar largas temporadas pensando que es la rehostia, pero un día nos da por pararnos a pensar un rato con algo de objetividad, y nos damos cuenta de que ni por asomo es como la hubiésemos deseado. Que está llena de mediocridad amarillenta, de sobreentendidos polvorientos, de convencionalismos tan añejos y fosilizados como los mosquitos carbonizados en las bombillas de la lámpara. Y no digamos si esa pared tenía delante un armario. Entonces somos conscientes de la cantidad de pelusas que atesorábamos ahí, y nosotros tan campantes, pensando que teníamos la habitación como una patena. Ay, esos rincones… ¿Por qué nos dará tanto miedo retirar los muebles? ¿Quizás por sabernos incapaces de resistir la tentación de tirarlos a la basura y “redecorar” nuestra vida?

1 comentarios:

Mou dijo...

Magnífica metáfora.