sábado, 10 de mayo de 2003

Una maleta, un billete de avión, las llaves y un portazo. Nada más. Saber que nada te retiene contra tu voluntad, que podrías hacer cualquier cosa que se te pasara por la cabeza, que las ataduras aprietan y duelen sólo si tú te empeñas en moverte cuando estás en el extremo de una soga demasiado corta y demasiado áspera. Pero tu cuerda es sedosa y larga, muy larga, tan kilométrica que aunque intentases ir a la luna sobraría para darle unas vueltas y hacer con ella un lacito, como las dependientas de las pastelerías en los paquetes de bocaditos de nata. También conoces su resistencia, y sabes que ningún risco afilado que te encontraras en el camino podría rasgarla. Y tienes la certeza de que nunca te perderás, y si acaso te despistas no ocurrirá nada, porque al otro extremo habrá alguien que tirará de ti. Y si caes, la cuerda soportará tu peso y el de las circunstancias que arrastres, y quedarás suspendida en el vacío con una sensación de ingravidez que sólo han descrito los que han alcanzado la plenitud más absoluta. Y te sientes libre. Porque lo eres. Y sonríes, mientras facturas la maleta, y el hilo, invisible al ojo humano, serpentea, infinito a tus espaldas...

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