jueves, 29 de mayo de 2003

A veces aún me sorprende lo fría e implacable que puedo llegar a ser, si me buscan las cosquillas o si, por casualidad o intencionadamente, me dan ahí donde más me duele. Asusta un poco ver cómo me transformo, cómo puedo pasar en tan breve intervalo de un extremo al otro. Mi calidez se convierte en gélido desdén, y puedo hacer mucho daño con un menosprecio altivo sin esforzarme lo más mínimo, y, lo que es peor, borrando de un brochazo cualquier resto de mala conciencia, eliminando todo recuerdo de épocas mejores que pudiera refrenar un poco mi furia, sorda, pero venenosa, de efecto lento, pero definitivo. No me gusta ponerme así, y por suerte no me pasa muy a menudo, pero supongo que es un recurso de supervivencia que me ha ido salvando de caer en depresiones a lo largo de mi vida. Me he sentido muy sola, pero lúcida, sabiendo en todo momento qué hacía ahí, y por qué. Sin embargo, me doy mucho miedo cuando me pongo así. No me reconozco. Bueno, claro que me reconozco, pero no me gusta lo que veo. Porque significa que me han vuelto a herir, que me han vuelto a pillar con la guardia baja. La historia de siempre. “One step up and two steps back”, que diría Bruce Springsteen.

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