miércoles, 28 de mayo de 2003

Vuelvo del centro de salud de por unas recetas, a la hora exacta en que las madres acaban de dejar a sus hijos en el colegio que tengo al lado de mi portal. Ejércitos de mujeres que se alejan en grupos, fumando y charlando, en dirección a la cafetería en la que pasarán un rato antes de irse a hacer la compra, y luego la comida, para volver a por sus hijos. Son madres-amas de casa, de las que aún quedan, aunque cada vez menos. Las miro, y sé que nunca seré como ellas. Me miran, con una mezcla de desprecio y envidia. Supongo que el desprecio viene de la superioridad que da el poder decir que ellas sí están perpetuando la especie, que son mujeres que pueden mirarse de tú a tú con sus propias madres, mientras que yo, para la mía, sigo siendo “la niña”, sin autoridad moral suficiente como para entender cosas que sólo la que ha parido puede comprender. La envidia está ahí, en sus miradas rencorosas por verme libre, dueña de mí y mi destino, sin las ataduras tiernas, pero férreamente establecidas de por vida con sus cachorros. No sé por qué pero hoy, al cruzarme con ellas, he sabido que la vida es sabia, aunque a veces sus caminos sean intrincados, aparentemente ilógicos, hirientes con frecuencia, excesivamente áridos y solitarios en demasiadas ocasiones. Y llego a la conclusión de que todo, aún lo más descabellado en apariencia, tiene su razón de ser, su sentido último dentro del conjunto. Al final, y a veces mal que nos pese, todas las piezas encajan.

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