miércoles, 7 de mayo de 2003

Yo suelo dormir bien. Muy bien. Además, me gusta dormir. Me encanta la sensación de meterse en la cama, calentita, de olvidarte de todo, de sentirte a salvo de cualquier eventualidad. Sin embargo, a veces no logro conciliar el sueño, y reconozco que es horrible, quizás más por lo poco frecuente que es, y lo malacostumbrada que estoy a dormir con simplemente cerrar los ojos y proponerme hacerlo. Toda esa calma se convierte en nerviosismo, en pensamientos repetitivos cuanto más absurdos, en vueltas hacia un lado, hacia el otro, en ojos cerrados con fuerza, pero que se obstinan en mantenerse abiertos bajo los párpados. Creo que el peor de los castigos para mi sería mantenerme despierta eternamente. Impedirme dormir. Privarme de ese remanso reparador sin el cual no soy nadie. Anoche me desvelé. Terminé levantándome de la cama. Volví al cabo de una hora. Inútil. La cabeza me estallaba. Al final, terminé por dormirme, pero de nuevo, después de mucho tiempo, volví a soñar que estaba en la universidad, y suspendía la útima asignatura para terminar la carrera. Lo más curioso es que eso nunca ocurrió. Saqué el quinto curso completo, en junio. ¿Entonces? ¿De dónde viene toda esa angustia que de vez en cuando vuelve a atenazarme sin piedad, con la misma fuerza demoledora que arruinó lo que se supone que son idílicos días de infancia y juventud estudiantil? Y eso que yo me decía a mí misma dentro del sueño "Pero si tengo el titulo en el salón, ¿cómo voy a tener aún una asignatura que aprobar?" Hoy me he despertado con dolor de cabeza, y la certeza de que, ni por todo el oro del mundo, volvería a vivir mis años de estudiante. Aún me sorprende lo entera que salí de ellos.

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