viernes, 6 de junio de 2003

Cierro los ojos. A pesar de que mis esfuerzos, sigo viendo ese resplandor, una luz rojiza que se filtra a través de mis párpados e impide que la oscuridad se instale en mi cerebro, y que el sueño me invada. Aunque el agotamiento lo lograra, las ideas saltan descontroladas, como palomitas de maíz, chocando unas contra las otras, sacando chispas que no hacen sino aumentar la sensación de que nunca podré apagar la luz en mi cabeza. No puedo controlar mis pensamientos, se me escurren como salmonetes multicolores, traviesos, y se multiplican sin freno.

Abro los ojos, me duelen. Fuera está oscuro.

Dentro no...

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