domingo, 8 de junio de 2003

Convives con tus fantasmas durante años, compartes mesa y mantel con tus demonios, alojas gratis a unos huéspedes incómodos, groseros, que lejos de agradecer tu hospitalidad y acelerar su partida parecen tan cómodamente instalados que dudas de poderte librar de ellos algún día. Has vivido a su lado tantos momentos que parecen inseparables de ciertos recuerdos, e incluso llegas a preguntarte si no serán parte de ti, y si renegar de ellos, de tus terrores más profundos, será igual que renunciar a parte de tu esencia. Terminas creando con tus peores enemigos unos lazos que tu afán por desatar no hace sino apretar más y más. Y llega un día en el que, agotada, te rindes, y les haces copia de la llave de la entrada, total ¿qué más da ya? Y cuando te encuentras con ellos, con tus miedos, los mismos que en mitad de la noche te hacen llorar, les regalas una sonrisa cortés, hasta bromeas con ellos, y algo parecido a la camaradería se instala entre vosotros. Aunque ellos sean los que, en el fondo, tengan la sartén por el mango, y en el momento más inesperado sepan dónde tocar para hacer más daño... Demasiado tiempo conviviendo, demasiados años conociendo tu lado más vulnerable...

Aprendes a sufrir sin quedarte en el camino. Sin que el alma se te desgarre a cada paso. O al menos, sabiendo cómo zurcir los pedazos que caen a tus pies, antes de que alguien, pensando que son inservibles, los tire a la basura.

Aprendes a vivir. O a no morir tan a menudo.

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