jueves, 5 de junio de 2003

Debe existir un lugar, en alguna parte, al que van a parar todas las buenas intenciones, las promesas incumplidas, las palabras sublimes, los deseos de eternidad y los proyectos inacabados. Yo lo imagino como una especie de vertedero en el que se acumula todo eso, sin orden ni concierto, según van cerrándose relaciones, rompiéndose amistades, naufragando noviazgos, estrellándose matrimonios. Cerros de deshechos de vida, colinas de jirones de alma, montañas de retales de afecto inservibles para futuras historias, que terminan pudriéndose, y actuando como un abono para lo que vendrá. Un pozo negro que nunca podremos sellar, porque a pesar de los malos recuerdos, esas ratas grandes y repugnantes que a veces nos roen inmisericordes el corazón, lo necesitamos para mantener el latido. Allí nos abastecemos de un sustrato necesario para seguir vivos, aunque a veces es demasiado fuerte, y termina matando historias excesivamente frágiles, muy delicadas, necesitadas de una ingenuidad que yace sepultada a muchos metros de la superficie, de la que ya ni siquiera queda el recuerdo... Pero esa basura es parte de lo que fuimos, con ella construimos lo que somos, y terminará definiendo los contornos de lo que seremos algún día.

En la cadena de la vida, nada se pierde, todo se transforma. Qué gran verdad.

1 comentarios:

Mou dijo...

Me choca que nadie te dijera nada.
A mí me ha dicho mucho.
Chapó.