domingo, 1 de junio de 2003

Sigo viva. Como esos enfermos que se despiertan del coma y retoman sus vidas con un ansia febril. Miro los escombros, y no dudo ni un instante de que podré volver a edificar, porque casi todo el material está intacto, fuera de su sitio, pero entero. Necesitaré paciencia, voluntad y algo de ayuda, porque mis conocimientos de albañilería son escasos. Tengo buen gusto, y sé lo que quiero construir, pero no soy una profesional. He estado sola demasiado tiempo, siempre realquilada, en habitaciones impersonales y pequeñas, en las que nunca duré lo suficiente como para considerarme en casa. Sin embargo, mi serenidad en las situaciones críticas nunca dejará de sorprenderme. Está cada vez más claro que estoy hecha para las grandes catástrofes, mientras que el día a día monótono me aniquila. Entre tanto, instalaré la tienda de campaña aqui mismo, a pie de obra, y veré con una sonrisa los progresos, mientras pienso que, después de todo, voy a terminar por tener una casa preciosa. Con mucho espacio y habitaciones, todas ellas distintas, pero igualmente acogedoras. Sólida, a prueba de las peores borrascas de la existencia. Bonita, con el buen gusto y la clase que sólo las buenas intenciones y los sentimientos auténticos son capaces de transmitir. Mía. Sólo mía, pero abierta y vivida. Un hogar en el que la soledad no pueda instalarse. Por muy tentadora y convincente que se muestre. Aunque me intente ablandar evocando tantos ratos vividos juntas, ella y yo. Ni siquiera una sola noche, agazapada en el sofá...

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