sábado, 7 de junio de 2003

A veces hace falta tan poco... Una llamada telefónica, quizás tan sólo un timbrazo, pero ése, no otro, y en ese instante, ni antes ni después. Una frase acariciadora, venida de muy adentro, conservando aún ese calor, esa calidez palpitante capaz de sanar las heridas más recientes, y de desdibujar ligeramente las cicatrices más indelebles. Un guiño cómplice, el encuentro inesperado con unos ojos en los que al fin nos reconocemos, y podemos dejarnos ir, perdernos, e intentar que no nos encuentren... Un detalle, nimio pero certero, que te cambia el día, o tal vez, la vida entera...

A veces se necesita tan poco... Un mensaje en el móvil, un puñado de caracteres invisibles atravesando la ciudad, capaces de helarte la sangre con solo pulsar una tecla. Un silencio significativo, denso, pesado, con poder suficiente como para parar el mundo, tu mundo, y de un empujón lanzarte a la cuneta, y volver a ponerlo en marcha, pero esta vez sin ti. El odio más destilado concentrado en una mirada que invalida las leyes divinas y humanas, y nos deja sin rumbo, ciegos, sordos, sin manos con las que agarrarnos a un universo que se tambalea. La indiferencia, ese hielo que durante un tiempo quizás conserve, pero que termina por matar todo tejido vivo que toca...

Es tan poco...

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