martes, 15 de marzo de 2005

En otra vida, yo debí ser perro. Un perro de pueblo, semicallejero, de esos que antes se veían sueltos por las calles, sin collar, como mucho el antipulgas, sin chip, ni falta que les hacía, porque todo el mundo sabía de quién era cada chucho nada más verles aparecer doblando la esquina y moviendo el rabo. Uno de esos perros que el vecino te regalaba cuando su perrilla paría, y lo mismo se iba contigo a cazar liebres que no le veías el pelo durante días, porque se había ido de novias y volvía molido y con un mordisco en la oreja, fruto de las rivalidades con otros canes en sus escarceos amorosos. Pero pronto, con cuatro arrumacos, un poco de mercromina y algún caprichito gastronómico más allá que las habituales sobras del cocido, volvían a ser los mismos, ágiles, correosos, dispuestos a vagar por el pueblo libres e independientes. Eran bichos duros, resistentes, cuya única visita al veterinario solía ser cuando eran cachorrillos, para vacunarles contra la rabia y el moquillo. Muy malitos tenían que ponerse para volver a visitar a su médico, porque incluso en el caso de que fuera preciso despenarlos, era su amo el que personalmente les pegaba un tiro con la escopeta de cazar, o les dormía para siempre con un poco de veneno de fumigar la viña… (Es curioso el lenguaje, a esos animales se les “despenaba”, expresiva forma de llamar a la eutanasia animal, mucho más gráfica y “humana” que la palabra “eutanasia” que siempre, no sé por qué, me ha sonado a “autopsia”…)

¿Y a santo de qué viene mi afirmación de que, de haber otras vidas, yo debí haber vivido una siendo un chucho? Pues porque hoy, por primera vez en mi vida laboral, el médico me ha obligado a quedarme en casa durante dos días por culpa de la gripe. Un hito histórico, ya que nunca, desde que trabajo, y hará de esto unos quince años, me había quedado sin ir a trabajar y en cama por encontrarme enferma. He estado al pie del cañón muchas veces en estado lamentable, pero esta vez estaba claro que, por mucha voluntad y ganas que le pusiera, la fiebre no me iba a permitir heroicidades. Y me he sentido como uno de esos perrillos sin raza, de vuelta a casa tras una excursión vapuleado por los perros del vecino, mirando con ojillos acuosos a su amo y suplicándole que sí, que esta vez, y sin que sirviese de precedente, le lleve a la consulta del veterinario a que le de unos puntos en esa oreja...

Uf... Qué mala es la fiebre...

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