domingo, 13 de marzo de 2005

Hay personas que afirman que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, que sólo son amantes en hibernación, en espera de que uno de ellos dé el paso, o bien de que uno de los dos, o ambos, queden libres de otra relación para terminar juntos. Esa certeza hace difícil, casi imposible que cultiven amistades del sexo opuesto, y si lo hacen sea siempre con esa tensión implícita, ese esperar algo que podría ocurrir, aunque de momento parezca imposible, o eso piense ingenuamente el otro, aunque para él ese “por si acaso” sea precisamente el motor que mueve esa relación, amistosa, sí, pero sólo mientras sea estrictamente necesario, una fase que hay que pasar para llegar a alguna parte, como la de la oruga en el capullo de seda, antes de ver volar a la mariposa. No se dan cuenta de que la oruga va a seguir siendo oruga, por mucho que miren el capullo, aunque se tiren horas mirándolo, no terminan de creérselo, aunque se lo digas, y cuando ven que han estado perdiendo el tiempo, se enfadan, y se sienten estafados, aunque la oruga nunca haya ocultado su condición de insecto y jamás haya hecho creer a nadie que, si esperaba el tiempo necesario, se convertiría en una mariposa despampanante.

Hay mucha gente así en el mundo.

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