sábado, 12 de marzo de 2005

Llego a los fines de semana en un estado físico lamentable, tan cansada y sin energías que me pregunto si en tan sólo dos días podré reponerme para afrontar de nuevo otros cinco días que ya ni me planteo cómo serán. Desde hace tres meses vivo en una vorágine laboral que, cuando ya creo que se calma, me sorprende con una nueva vuelta de tuerca, poniéndome de nuevo al borde del abismo, obligada a reaccionar y a actuar sin plantearme dilemas como si soy o no capaz de pegar el salto. Simplemente o salto o salto.

Y es que cuando creo que ya no puedo más, que estoy al límite de mi resistencia y que ya sí que me desbordan los acontecimientos, algo peor sucede, pero ya el pánico no se apodera de mí, sino que intento ver el lado bueno de eso, porque sé que lo tiene. Sobrevivir a una crisis tiene el doble premio de dejar atrás un momento crítico, lo más evidente e inmediato, pero sobre todo tiene el regalo oculto de crear en el superviviente un fondo de resistencia y fortaleza que hace de él una persona muy distinta a la que se enfrentó en un primer momento a los problemas. Y ahí estoy yo, en medio de todo, obligada a deshacer el lío, a desenredar la madeja y a poner orden. La resistencia y la capacidad de reacción que yo antes no veía por ningún lado parecen ahora ser mis señas de identidad. De momento voy saliendo de los atolladeros, relativamente airosa, y cada nuevo obstáculo no hace sino reforzar mi musculatura de apagafuegos y negociadora. Está claro que lo que no te mata te hace más fuerte…

 

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