lunes, 28 de marzo de 2005

Me gustaría poder cerrar los ojos y seguir andando. No mirar a mi alrededor, ni ver tanto, ni tan claro, ni tan lejos, ni tan pronto, porque esa lucidez sólo te hace sufrir dos veces: antes y durante. Me gustaría no pensar, hacer lo que pueda y lo que no pueda hacer, que se quede ahí, para más tarde, o que lo haga otro. Dejar de preocuparme por lo que no puedo controlar. Y también dejar de hacerlo por lo que sí puedo arreglar, total, si no lo soluciono en este instante y ha estado así hasta ahora, bien podrá esperar otro rato… Quisiera poder delegar, confiar en mis subordinados plenamente, como si se tratara de mí misma, y también poder abandonarme y sentirme respaldada por mis superiores. Dejar a las 7 de la tarde, en el cajón de mi mesa, bien cerradas con llave, las preocupaciones relacionadas con el trabajo. Poder repartir entre varios el peso de una responsabilidad que me atosiga, me quita el sueño, el hambre y la alegría. No tener esta madera de mártir. Ser como todo el mundo.

No quiero seguir así. No debo. No puedo. Pero también soy consciente que mi peor enemigo no está ahí fuera, sino aquí.

Dentro.

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