jueves, 3 de marzo de 2005

Recuerdo que cuando era pequeña, pero pequeña, pequeña, tan pequeña que aún me quedaban dedos en ambas manos para contar mi edad, en esa época me dio por pasar algunos de mis ratos con el morboso entretenimiento de calcular en qué año seguramente yo ya estaría muerta. El 2000 evidentemente era demasiado pronto, aunque sonara apocalíptico y casi territorio de ciencia ficción, pero me di cuenta, para mi asombro de niña que descubría los números, que por aquella época en la que seguramente los robots se pasearían por la calle y la gente sólo comería píldoras de paella y comprimidos de fabada, yo iba a tener justo 33 años, la edad de Cristo. Aquello me parecía un regalo del azar, una especie de privilegio, cumplir esa edad en ese año, algo así como un capricho de los números sólo para unos cuantos elegidos, yo y otros cuantos miles o millones de personas que habían tenido la suerte de nacer en mi mismo año. Pero no me servía para mis cálculos funerarios, así que seguía echando cuentas y me adentraba más allá en el tiempo, y sumando y restando llegaba al 2050, año redondo y contundente también, en el que si me moría tendría 83 años. Acorde con mi precoz gusto por la simetría y los caprichos numéricos, tampoco me venía pero nada mal lo de morirse en un año así, un principio de década, la mitad de un siglo, y lo cierto es que 83 años, cuando una tiene menos de 10, es el colmo de la ancianidad y la decrepitud, así que, como iba a ser más vieja que la tos y ya no tendría mucho más que hacer en el mundo, me parecía perfecto marcar ese año como el posible para el fin de mis días.

Hace poco, consultando otra cosa en el Google, me enteré de que precisamente esa edad es la esperanza de vida media de una mujer española. Ochenta y tres años. Un ocho y un tres. Las mismas cifras de la edad que cumplo hoy. Un tres y un ocho.


Así que, según mis cuentas infantiles, me quedan exactamente 45 años más de vida.

0 comentarios: