martes, 12 de abril de 2005

Ahora que la primavera asoma tímidamente la cabeza, y que las revistas empiezan a inundarse de reportajes sobre vientres planos, pieles de naranja, “operaciones bikini” y recetas ligeras, me he dado cuenta de que no sólo no me hace falta nada de eso, de hecho como cada año, sino que en los últimos meses he adelgazado algo así como dos kilos. No es mucho, pero sí lo suficiente como para haber perdido una talla. Talla y media, diría yo. Demasiado como para no haberlo notado poco a poco en los últimos meses, cuando veía cómo se me caían todos los pantalones del año pasado y me sorprendía comprando una talla 40 cuando desde hace años la que usaba era una 42… Sin embargo hoy lo he visto con una claridad tan brusca que, confieso, me ha asustado un poco, cuando me he visto en dos fotos y me ha costado reconocerme en esa flaca flaquísima que aparecía en las fotos que alguien se ha puesto a hacer mientras trabajabamos ajenos a todo… Me he visto y he visto a alguien que me suena, pero no me he visto a mí. Ha sido extraño, y raro, y bastante inquietante. Aunque haya logrado, sin quererlo, aquello por lo que la gente sufre, pasa hambre, se obsesiona y gasta fortunas a veces con pocos resultados…

Así que, mientras la gente compra yogures desnatados, hace abdominales y se embadurna de cremas anticelulíticas, yo sigo el camino contrario. Cruzando los dedos cuando me subo a la báscula, a ver si hay suerte y peso medio kilo más que hace dos días. Comprándome donuts de chocolate y obligándome a merendar uno a media mañana y otro a media tarde. Intentando conseguir que cuando lleguen los calores no me salga de mi ropa, y así no tenga que vacíar mi armario para llenarlo con faldas y pantalones de una talla menos…

Siempre contracorriente…

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