domingo, 17 de abril de 2005

Cuando era pequeña, en esa época en la que los niños aún merendábamos bocadillos de jamón o de foie gras Mina o La Piara, los mocosos tampoco éramos de piedra, y, aunque obligados por nuestras madres a comernos el bocadillo de chorizo sin rechistar, reivindicábamos nuestra dosis de azúcar, grasas y colorantes a media tarde. Pero con unas madres inflexibles y doctoradas por la Universidad de la Transición y el Cinturón Ajustado en Nutrición, Limpieza y Ahorro, impensable reclamar un Bony, Tigretón o Pantera Rosa para merendar. ¿Cómo? Eso era mero golosineo, y la merienda era una cosa muy seria... Ya podíamos darnos con un canto en los dientes si lo habíamos llevado de bollo para el recreo por la mañana, en lugar del habitual Donut sin chocolate (más barato que con, evidentemente…). Así que por la tarde a lo máximo que una llegaba era a conseguir un bocadillo de mantequilla con chocolate (dos rebanadas bien untadas de mantequilla con unas onzas de chocolate La Campana de Elgorriaga o Nestlé entre medias - ¡pobres encías infantiles, pero qué rico…-), o una buena rebanada de pan con Nocilla. Siempre después del bocadillo reglamentario de embutido, claro está.

Aunque, la verdad sea dicha, después de meterse entre pecho y espalda un bocadillo de queso manchego tampoco quedaba ya mucho hambre, ni siquiera para la Nocilla, aunque fuera de dos gustos….mmmm… esa Nocilla Blanca….. Pero un niño es un niño, y algo genético debe haber en esa necesidad de dulces cuanto más guarrindongos mejor. Y la Nocilla, a fin de cuentas, a pesar de su llamada tentadora era algo que las madres veían dentro de los límites de corrección nutricional (ya se sabe, ¿qué es la Nocilla si no leche, cacao, avellanas y azúcar, excelentes alimentos vistos así, por separado?). No así la que yo y medio patio del recreo llamaba “mantequilla de colores”, una crema de untar que se compraba al corte en las charcuterías y que, a diferencia de la Nocilla no sólo tenía tres colores (¡tres!), sino que éstos eran marrón (chocolate), rosa (¡fresa!) y amarillo (nunca supe a qué sabía exactamente la parte amarilla; unos días sabía a chocolate blanco, otros a vainilla, otros… ni idea). Eso si que era La Tentación. Mi madre, harta de mis súplicas, cedió y me compró la “mantequilla de colores” un par de veces en toda mi niñez. Pero ya me dijo bien claro “Despídete de ella, en cuanto se acabe volvemos a la Nocilla.” Yo no entendía por qué ese rechazo a algo que era mucho más molón y que además me ponía a la altura de las niñas más enrolladas de la calle, que merendaban eso. La cosa nutricional no me convencía: mis amigas no estaban malas, y lo merendaban un dia sí y otro también. Así que mi madre, ante mi emperramiento y pesadez, acudió a un argumento definitivo que me cortó en seco: la mantequilla de colores era demasiado cara, y no podíamos permitirnos ese gasto. Mentira y gorda: esa crema de untar era baratísima, y eso precisamente era lo que más asustaba a mi madre, un precio demasiado tirado como para no ser puro veneno.

Me enteré del precio de la mantequilla de colores hace dos o tres años, un día, por casualidad, que me topé con ella en una charcutería de barrio. Aluciné al ver lo que costaba. Entendí muchas de las tácticas de mi madre para disuadirnos a mi hermano y a mí de nuestras ansias consumistas e imitativas… Y me sentí un poco idiota, al ver de qué manera funcionaron, al menos conmigo: yo no era una niña buena ni obediente, era una niña tonta…

Aunque mi hermano nunca se tragó la mitad de ellas, y toda la perspicacia y mano izquierda que mi madre desarrolló conmigo, se desbarataban a cada paso con su hijo pequeño, pero… ésa es otra historia.

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