sábado, 23 de abril de 2005

Cuando trabajas en un polígono industrial donde no hay ni una sola tienda, ni bares, ni kioscos, ni nada, y te pasas allí casi doce horas, aunque tengas tu vena consumista bajo mínimos, siempre necesitas comprar algo. Un día puede ser que quieras comer con pan el pollo con tomate que te has traído en la tartera para calentarte en el microondas, o una tarde calurosa ceder al capricho de comprarte un helado e invitar a tu vecino de mesa, porque sí, hala, porque es un tío muy salao y te apetece. O la primavera te altera y no puedes dejar de estornudar sin control, y te ves necesitando con verdadera urgencia un paquete de pañuelos de papel a riesgo de terminar en menos de dos horas con todas las existencias de papel higiénico del baño. Podrías tener pocas ganas de ir a casa a comer, así que decides comprarte un bocadillo y un batido de chocolate, y comértelo al sol, aprovechando ese rato antes de volver al tajo para leer el periódico tumbada en un banco, o mirar las retamas en flor mientras desconectas durante un ratillo de tanto teléfono y tanta mala baba oficinesca. Todo eso podría ocurrir, y ocurre, pero sin ningún sitio al que acercarse en un momento, si necesitas comprar algo, lo que sea, desde una barra de pan a un paquete de tabaco, no te quedan muchas más opciones que coger el coche y acercarte a la gasolinera más cercana. Con lo cual, más de un Calippo se queda en la nevera de la BP, el papel WC se termina más veces de las que debería, una se acostumbra a comer las lentejas recalentadas con unas rebanadas de pan tostado y si quieres montarte un picnic, te toca ser previsora y traerte el bocadillo de casa, a riesgo de que el día no amanezca tan radiante como parecía, y te toque comerte el bocadillo a cubierto, haciendo tiempo para empezar a trabajar de nuevo, mientras miras por la ventana cómo llueve…

Y me pregunto yo ¿cómo es que no ha llegado hasta este polígono mío un chino de esos emprendedores dispuesto a poner uno de esos badulaques llenos de todo, donde lo mismo te compras un kilo de patatas que una bolsa de kikos, y que son una plaga en el centro de Madrid? Con lo avispados que son, ¿ cómo no han visto aún el campo aún sin explotar, virgen e inmaculado, que son las zonas industriales y de oficinas? O mejor aún ¿qué demonios hace el Vips, que no pone un chiringuito aquí cerca, nos alegra la vida a los pobres currantes y de paso se forra?

Lo que son las cosas: lo único que echo de menos de no trabajar en Madrid es el chino de la calle Argumosa y el Vips de O'Donnell...

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