domingo, 24 de abril de 2005

El día del libro es el único día del año en el que me entran unas ganas locas de coger un lanzallamas, cual Montag en “Fahrenheit 451”, y liarme a chupinazos contra los puestos de best sellers que inundan las calles de Madrid. Y llevada de mi vena destructora, dar de bofetadas a los que se alejan de los chiringuitos con cara de felicidad y sintiéndose cultos e intelectuales con su “Codigo Da Vinci” bajo el brazo. Gente que seguramente no volverá a tener un libro entre las manos hasta la próxima vez que se lo metan por los ojos, ya sea en las rebajas, en algún dos por uno, o, lo que es peor, cuando empiecen a acumular decorativos tomos que un espabilado comercial del Círculo de Lectores logrará colocarles en un momento de guardia baja en el metro, camino del trabajo…

Hay personas que se morirán sin sentir el placer de descubrir que el universo cabe holgadamente entre las páginas de un libro, porque se limitarán a mirar la portada y lo bonito que queda en la estantería Billy de Ikea. Gente que se perderá sin saberlo el cosquilleo emocionante de escarbar entre el montón de libros viejos y, entre la morralla setentera de ediciones baratas y sin el menor interés, encontrar una primera edición que te salta a las manos, diciéndote sin palabras “Llévame contigo, te pertenezco, te he estado esperando desde siempre, oculto tras ese Gironella y esa Enciclopedia de Minerales, que han logrado que nadie me viese hasta que tu llegaste…”. Puedo pasarme meses sin comprar un solo libro, releyendo los que tengo o, por el contrario, lanzarme a los pasillos de la biblioteca y devorar un libro por semana. O si me da por ahí, irme a La Casa del Libro o a una feria de libros antiguos y fundir la tarjeta de crédito, en una borrachera biblófila de la que no soy consciente hasta que ya, en casa, empiezo a vaciar las bolsas y empiezo a sumar, y tengo que sentarme porque se me va la cabeza. Pero hay algo que odio con toda mi alma, y es que me digan lo que tengo que hacer, cuándo tengo que querer leer o si hoy es el día en que toca, por decreto consumista, comprarme un libro.

Así que, fiel a mí misma, me niego a participar en la pantomima libresca de cada 23 de Abril, vuelvo los ojos a mi estantería dedicada a Pérez Galdós y cojo mi tercera edición de “El Doctor Centeno” (Madrid, 1886, Imprenta y Litografía La Giralda, Calle de las Pozas, num.12). Y confieso que no sé qué me gusta más, si la historia, leída tantas veces que ya forma parte de mi vida, o el sello que me salta a los ojos en la primera página: “Librería A.B.C. Lectura a domicilio. A.Pou. San Bernardo, 96, Madrid”. Y no puedo evitar imaginarme al Sr. Pou leyendo las desventuras de Celipe Centeno a alguna señorita decimonónica mientras ella borda y su madre hace punto… Ni tampoco puedo dejar de pensar que simplemente ese sello, ese señor Pou (¿Antonio? ¿Andrés? ¿Angel?) que cobra por leer a domicilio (¿un catalán emprendedor trasplantado en Madrid?), ya esconde tras de sí una historia que, quizás haya estado esperándome a mí, desde 1886, para ser contada…

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