viernes, 29 de abril de 2005

El problema está en mí, lo sé. Creo lo he sabido siempre, incluso cuando desesperadamente intentaba encontrar una solución, una salida que estaba delante de mis narices, pero que yo no era capaz de ver, no sé por qué, quizás sencillamente porque no es un camino fácil de recorrer, pero camino es, al fin y al cabo, y te lleva a alguna parte, aunque se trate de una senda estrecha, en la que sólo cabe uno… Es ahora, y no sé por qué ahora y no antes o después, cuando me estoy dando cuenta de una manera clara, brutal casi, de que eso que siempre me ha angustiado tanto y que aún lo hace a rachas, esa sensación de estar siempre fuera de lugar, de no encajar, de mirar y sentir que nadie me veía, no es una tara, ni una maldición, o puede que sí, pero ser una tarada, después de todo, quizás no sea tan malo… Sé que ser como soy hará que jamás logre estar rodeada de gente, o si llego a estarlo no terminaré de mezclarme nunca con ellos, como el agua y el aceite, y también sé que nunca lograré tener una vida social emocionante y convencionalmente plena, que siempre terminaré sintiéndome sola, porque en realidad si no lo estoy siempre le falta bien poco, pero ¿y si en realidad es justo eso lo que yo necesito? ¿Y si en el fondo me sobrara la gente? ¿Y si jamás he logrado moverme con agilidad entre grupos grandes de amigos o conocidos porque ése no es mi sitio? ¿Y si tan sólo necesito tener cerca a una o dos personas que me importen? ¿Y si en el fondo soy una solitaria? ¿Y si ya esa certeza no sólo no me preocupa lo más mínimo, sino que no me disgusta?

¿Y si soy lo que soy, y eso ni tiene remedio, ni falta que le hace?

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