viernes, 1 de abril de 2005

He pensado que la próxima vez que alguien me llame por teléfono por error no diré “Lo siento, se ha equivocado”. En lugar de eso, le seguiré la corriente, y diré que sí, que soy Rocío, claro, y que estoy encantada de hablar con él, ¿qué digo encantada?, más que eso, vamos, que estaba deseando que me llamara de una vez, porque ya le vale, siempre me toca llamar a mí. Y lo mismo hasta me lanzo y sugiero que tomemos ese café que me debe desde hace semanas… Entonces, podría quedar con él, y darle plantón, y entonces me llamaría de nuevo, y quizás me pegaría bronca, y entonces yo, sorprendida y educadamente, le diría “Perdona, pero aquí no vive ninguna Rocío”. Aunque si me pillara en un día gamberro atajaría su enfado diciéndole que cómo no iba a darle plantón, si me torcí el tobillo yendo hacia el Starbucks donde habíamos quedado, y el móvil me lo robaron en el barullo que se armó cuando en urgencias, mientras me tomaban los datos, un gitano con una brecha en la cabeza me puso verde por colarme… Entonces él se disculparía, y se sentiría fatal por haber pensado mal de mí, y me diría tiernamente que descansara, que ya hablaríamos. Y quizás cuando se encontrara a la verdadera Rocío le preguntaría qué tal está su tobillo, mientras ella le miraría con cara de susto, y le diría que bien, que ella no ha tenido ningún esguince, pero que quizás tendría que hacerse uno, porque hasta ese día nunca le había visto tan dulce, tan tierno y tan interesado por ella. El la miraría extrañado, pero la sonrisa de ella haría que ninguna explicación más fuese necesaria.

Yo nunca me enteraría de nada de eso, claro, pero bueno, tampoco importa tanto. No importa porque puedo hacer que ocurra simplemente imaginándolo aquí.

Y eso ya hace que, en cierto modo, haya sucedido...

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