lunes, 25 de abril de 2005

La frontera que te sitúa a uno o a otro lado de la línea que separa a los fracasados de los afortunados, a los solitarios de los acompañados, a los que juegan de los que miran, es tan fina, tan tenue y tan movediza que quizás sea mejor no poder verla, y sólo sentir su presencia cuando nos chocamos contra ella, cuando se nos enredan los pies e igual que si de una alambrada eléctrica se tratase, pegamos un respingo al comprobar que nuestra vida está cambiando radicalmente. Es demasiado desasosegante la conciencia de lo poco que diferencia el tener del no tener, el ser amado de no serlo, el estar del dejar de estar, como para ver, cada día, lo fácil que es dejar de estar en uno u otro lado, sobre todo cuando estás del bueno.... Aunque tampoco estaría mal que esa frontera fuese un muro bien visible, para los que nos rodean se diesen cuenta de que ya no estamos donde llevan años acostumbrados a vernos, y quizás así empezasen a tratarnos de otra manera. Con ternura y compasión, si hemos caído en desgracia y necesitamos afecto y apoyo para habituarnos a una mala racha que se ceba en nosotros. O con renovado respeto y alegría por el éxito ajeno, si la suerte al fin se ha dignado a sonreírnos y hemos dejado de ser unos pobres desgraciados. Pero eso es demasiado pedir en un país donde el mal de muchos siempre consuela y reconforta, y la suerte del otro no alegra, ni estimula, sino que cabrea, y mucho, porque no hace sino poner de relieve el fracaso propio…

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