jueves, 7 de abril de 2005

No eliges a tu familia. Caes en la que caes, y sus miembros hacen de ti lo que eres, lo cual a veces es una auténtica putada, pero bueno, no puedes hacer nada sino sobrevivir hasta que terminas por volar del nido, aunque con tu libertad te llevas demasiadas cosas que, por mucho que te desvincules de ellos, siempre te acompañarán. Unos hilos finos, que no se ven, pero están ahí, y en cualquier momento pueden tirar de ti de nuevo hacia ellos. Eres lo que eres y vienes de donde vienes, sí, pero no por decisión propia. Te viene dado. Sin comerlo ni beberlo.
Tampoco eliges a tus compañeros de trabajo. Un currículum afortunado se libra de la papelera, tu foto le cae en gracia a la secretaria que abre el correo, o quizás el anterior entrevistado era tan patético que tu has brillado con una luz fulgurante y te has hecho con el trabajo desde el instante en que abriste la boca para saludar. Igual que te toca soportar a los padres que te han tocado, te ves obligada a convivir cada día durante ocho horas con gente que no siempre (más bien, casi nunca) son el tipo de personas con las que terminarías haciendo buenas migas. Con algunas crearás un buen rollo que podría confundirse con la amistad, pero que no es más que convivencia civilizada, roce que hace algo parecido al cariño, pero propiciado por la necesidad, por el interés de que las cosas salgan. Sin embargo, tú y ellos sabéis que fuera de esas cuatro paredes no os iríais de cañas, ni le contarías tus problemas, ni te invitarían a su cumpleaños.

Pero igual que en tu familia siempre hay un primo con el que te llevas bien, pero de verdad, o un tío enrollado al que quieres con toda tu alma, en los trabajos a veces la flauta suena, y se establece esa complicidad con alguien. Lo que empieza siendo una relación de compañeros va evolucionando hacia algo parecido a una amistad. A mi me está pasando con F. Después de unos meses borrascosos en los que se enfadó de veras conmigo y me retiró el saludo, de nuevo, sin que ninguno de los dos dijera nada, las cosas han vuelto a su punto de arranque. Como antes de aquello. ¿Y dónde sino en las relaciones amistosas ocurre eso, ese volver a encontrarse tras un tiempo y retomarlo todo como si fuese ayer mismo la última vez que ambos se vieron? F. me aprecia. Eso puedo sentirlo. Y yo le aprecio. Y él lo sabe. Y por eso, porque yo sé y él sabe que sé, no ha hecho falta pedirnos perdón, ni dar explicaciones, y de nuevo solemos ir a tomar un café después de comer, antes de volver al tajo. O nos quedamos hablando él y yo en la puerta de la empresa, cuando todo el mundo se ha ido ya y él va a cerrar, y cuando queremos recordar ha pasado una hora, sin darnos cuenta. Entre confidencias, complicidad y esa agradable sensación del que descubre con sorpresa que en la jungla laboral, donde hay que desarrollar ojos en el cogote para evitar puñaladas, también puede haber sitio y ocasión para encontrar un amigo.

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