domingo, 3 de abril de 2005

No soy amiga de salir por la noche. Podría pensarse que es cosa de la edad y quizás eso también tenga su parte de culpa, pero lo cierto es que nunca he sido buena trasnochadora. Ni siquiera cuando eso, deambular hasta las tantas, suponía una trasgresión tentadora, una forma de crecer y salir del cascarón. Incluso entonces me tiraba más la llamada de las sábanas calentitas que hacer botellón en un parque helado a las 2 de la madrugada. Me gusta dormir, pero más que la cama me gusta la sensación de seguridad que me invade cuando es de noche y estoy en casa. Es un poco la misma sacudida que no puedo dejar de notar cuando volviendo de un viaje por carretera empiezo a ver paneles con la palabra “Madrid”. Me gusta viajar, pero más que nada en el mundo me gusta volver. A casa.

Y es en casa, cuando de noche me asomo al balcón y veo luces encendidas en otras ventanas, cuando siento que estoy donde debo estar, y lo que es mejor, donde si no estuviera seguramente estaría deseando estar, así que por esa simple regla de tres, al menos en ese instante, soy una tía con suerte. Con mucha suerte. Aunque no es cierto y lo sé de sobra, no me importa: en ese momento es como si nada malo pudiera pasarme por el solo hecho de estar ahí. Y lo mejor de todo, como si después, ya bajo el edredón y tapada hasta los ojos, sintiendo mi propio calor y el suyo, firmara una tregua conmigo misma. El sueño como algo reparador. No sólo de un organismo físico más o menos cansado tras un día seguramente agitado y repleto, sino sobre todo de una mente a veces demasiado calenturienta y amiga de darle más vueltas de la cuenta a todo. Quizás por eso me asusto tanto cuando algo logra mantenerme despierta y preocupada por la noche. Porque la ilusión de estar a salvo de todo se rompe, y veo al enemigo paseándose por el territorio conquistado, pateando mis cosas y riéndose de mi falsa seguridad.

Porque es imposible ponerse a cubierto de uno mismo…

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