martes, 5 de abril de 2005

Salgo de trabajar pronto. Hoy la tarde es toda para mí. Decido salir a dar una vuelta, y quizás aprovechar para fundir un poco del dinero que cada mes tengo menos tiempo para gastar. Irónicamente, así es. Seguro que si no tuviera más que cuatro duros y nada que hacer, andaría suspirando frente a los escaparates y amargándome la vida por no poder comprarme nada. Sin embargo, ahora que podría darme bastantes caprichos sin remordimientos, salgo tan tarde de trabajar que de lo que menos ganas tengo es de patearme tiendas y probarme ropa. Además, de un tiempo a esta parte los centros comerciales me agobian, demasiado espacio (¿será agorafobia?), demasiadas cosas, demasiada gente…, y sobre todo me aburre y me cansa terriblemente ese deambular por las tiendas, probarte, ver que no te vale, salir por otra talla, terminar dejándolo porque no te convence, aunque te has tirado dando vueltas para nada casi una hora... Acudir sola a estos menesteres consumistas tampoco ayuda mucho, no cambiar impresiones con alguien limita bastante, ese entusiasmo derrochador que contagia a más de dos mujeres juntas cae en picado, y casi siempre termino saliendo como entré: sin nada, con todo mi dinero intacto en el monedero. Y lo que es peor, pensando que, después de pasarme la tarde dando vueltas, sigo igual: necesitando imperiosamente darle un giro a mi armario, verme diferente, variar un poco el sota, caballo y rey al que una se termina limitando y que tanto pesa y aburre cuando la temporada termina. Ahora estoy así exactamente: harta de mi ropa de invierno y sin suficiente espíritu primaveral como para liarme a comprar blusas vaporosas y faldas de flores… Demasiado frío todavía cuando salgo a las 8 de la mañana de casa…

Sé que es una aberración, y que deberían caérseme los dedos cuando escribo esto, pero confieso con vergüenza que en ocasiones como ésta echo terriblemente de menos la disciplina férrea, pero cómoda y despreocupada, del uniforme del colegio de las monjas…

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