lunes, 2 de mayo de 2005

Cojo el libro y salgo a la terraza. Hace un sol inmisericorde, de ese sol por el que los turistas pagan y que les emborracha más que un litro de sangría DonSimón, un sol que torra y que te deja en un rato como un cangrejo de rio a poco que te descuides. Yo no aguanto el sol, pero desperdiciar éste sería un pecado después de quejarme tanto de meses de frío y nubes, así que me vuelvo a mi habitación y me pongo un vestido de tirantes. Estoy tan blanca que casi parezco transparente. Sé que no aguantaré mucho rato sentada bajo ese sol, pero lo intento. Me unto bien los brazos y el escote de bronceador, aunque me dará igual: dudo mucho de que me libre este año de la alergia solar que cada año me llena los brazos y las piernas de granitos durante semanas, pero como que me da igual, ya me tomaré el antihistamínico de todos los años… Me pongo las gafas de sol y empiezo a leer, pero pronto me hierven los sesos, así que busco en el cajón de los bañadores mi gorro de margaritas. ¿Ahora sí? Pues no. Tengo sed. Un zumo de naranja sanguina con tres cubitos de hielo. Vuelvo a abrir el libro. Me pierdo en sus páginas durante un rato largo. ¿Largo? Sólo han pasado veinte minutos, pero es que no aguanto más al sol. Recojo mis bártulos, libro, zumo , butaca y mi cuerpo achicharrado, y me voy a la sombra. Esto es otra cosa. ¿Quién necesita el sol cuando existe la sombra? ¿Dónde estaba esta brisilla refrescante que acaricia de esta manera tan agradable, casi sensual, tan sólo dos metros más allá? Ahhhhhhh… Ahora sí…

Cuando quiero levantar la vista del libro, han pasado casi dos horas…

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