domingo, 8 de mayo de 2005

Con eso de tener el trabajo tan cerca de casa (15 minutos a toda leche por la M-50, un día vamos a tener un disgusto…), me estoy perdiendo buenas costumbres que, ¿para qué negarlo?, echo un poco de menos, y que no son otra cosa que ese lado bueno que intentas buscarle a las cosas cuando te toca apechugar con marrones absurdos como el de tener que gastar demasiado tiempo en desplazarte a tu lugar de trabajo. Me tiré año y medio teniendo que bajar a Madrid desde la periferia, cogiendo el coche, el tren y el metro para llegar a la calle Génova a las 9 de la mañana. Alguna ventaja debía tener algo tan demencial como tener que hacer tales malabarismos para recorrer 33 putos kilómetros en dos horas, dos veces al día, una distancia que en circunstancias normales (¿existen esas circunstancias en una ciudad como Madrid ¿) se hace en treinta minutos escasos. El madrugón terminaba siendo lo de menos cuando la expedición diaria incluía coger el coche (venga, seamos positivos, ventaja número 1: ¿y lo divertido que es escuchar “No somos nadie” y reirte a carcajadas al mismo tiempo que tus compañeros de atasco? Cuanto menos curioso…), luego el tren de cercanías (ventaja cultural número 2: ¿leerte un libro a la semana, y no de los finos y de letra gorda, precisamente?) y luego el metro (sí, a pesar del mogollón, de los olores no siempre fragantes, el metro tiene su encanto, oculto, subterráneo incluso, pero sólo hay que saber buscárselo: ¿hay algo más interesante y estimulante de buena mañana con las legañas casi puestas que observar a la gente, y sorprenderte cada día de lo raros y lo iguales que somos? ). Ya no me toca madrugar, y en tan poco tiempo de coche apenas me da margen a escuchar tres o cuatro canciones de Kiss FM o de algún CD (no hay manera de coger como es debido M80 en mi coche si no pongo la antena, y siempre se me olvida, no hay manera…). Ahora llego tan pronto a la oficina que si quiero leer algo tengo que aprovechar las dos horas de la comida para hacerlo (una come rápidamente, y se ventila la tartera o el plato combinado del Vips en media hora...). Y si quiero ponerme en plan voyeur y antropológico de todo a 100, la única gente que puedo observar ya la tengo demasiado vista: mis compañeros de trabajo no son nada estimulantes o si lo son, lo ocultan bien... Siempre hablan de lo mismo, y no, no es ni fútbol o sexo ellos, ni ropa o Los Serrano ellas: más bien habría que decir que siempre se quejan de lo mismo. Sé que una no va a trabajar para conseguir amigos, pero… ¿es necesario terminar SIEMPRE hablando de trabajo o poniendo verde a los que no están delante?

Ya. Yo también me quejo. Y mucho. Tan pronto digo que soy feliz y que tengo mucha suerte como que lloriqueo por tiempos pasados que, evidentemente, no fueron mejores. Pero ¿y el miedo a perder lo que se va logrando? ¿Y la sensación de estar viviendo algo que sí, está genial, pero ya dura demasiado en condiciones demasiado buenas? ¿Y ese repelús del pesimista, ése "esto-no-puede-estar-pasándome-a-mi-yo-no-tengo-nunca-tanta-suerte-dónde-está-el-truco"?¿Acaso la felicidad hace que automáticamente uno sea feliz?

Ojalá fuera tan sencillo como eso...

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