miércoles, 11 de mayo de 2005

Dicen los expertos que cuando uno sale de vacaciones debe tomar precauciones para evitar que entren los ladrones y, a la vuelta, no sufrir la desagradable experiencia de encontrarse la casa patas arriba. Ya se sabe: programar la luz de alguna habitación para que se encienda a determinadas horas, no bajar las persianas hasta abajo del todo, dejar la llave del buzón a algún vecino para que te saque el correo… Yo debo ser una inconsciente, o será que confío plenamente en el vecindario de esta casa blogosférica, porque me voy de vacaciones y, aunque cierre la puerta, durante los diez días que pasaré en Cannes, dejo esta ventana entreabierta…

Así llegarán hasta aquí los ecos de la muchedumbre jaleando a las estrellas cuando suban las escaleras tapizadas en rojo del Palais des Festivals. Y el aroma salino de la brisa que siempre sopla en la Croisette inundará este rincón. Los rayos de sol reflejándose en el blanco resplandeciente de los yates de los millonarios deslumbrarán a los que pasen por aquí. Y, entre sesión y sesión, en los próximos diez días, quizás encuentre tiempo para hacer volar hasta aquí un puñado de palabras que se colarán por la rendija de esta ventana entornada. Intentando, inútilmente tras tantos días viendo un mínimo de cuatro películas al día, atrapar en algún post sensaciones entremezcladas... Aunque no pueda evitar terminar por no saber si mis emociones son mías, de la chica china de la película de ayer, o de la niña sueca de la de esta mañana…

Lo dicho: la llave está bajo el felpudo.

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