lunes, 23 de mayo de 2005

He vuelto. Adaptándome a la rutina como si nunca me hubiese ido. Vadeando el mar de papeles y de asuntos acumulados en mi ausencia con energía renovada, que falta me hacía, dicho sea de paso. Con la misma rapidez con que me zambullí en la vorágine cinéfila, apenas en lo que se tarda en dejar la maleta en la casa y lanzarse Rue de Sant-Antoine abajo, hacia La Croisette. Madrugando sin pereza para llegar a la sesión de las 8.30. Saliendo de la sala corriendo para volver a ponerme en la cola para la de las 11.00, y repetir la jugada para entrar a la de las 14.00. Y luego a las 16.30, quizás a la de las 18.00, o a la de las 20.00, para rematar el día con la de las 22.00. No pudiendo entrar a todas, afortunadamente… porque viendo tres o cuatro películas al día, mi dosis de cinefilia viene más que cubierta para unos meses. Y llenando los huecos entre las 21 películas vistas con miradas furtivas a los escaparates de las tiendas de lujo, o dando una vuelta por el hall del Hotel Noga Hilton para coger las revistas del día (Le Film Français, Variety, The Hollywood Reporter…) y quizás cruzarse con Sergi López y pedirle un autógrafo… Compartiendo la ida en avión con Paz Vega, y la vuelta con Penélope Cruz.

La vida real se impone, de nuevo. Las historias de mentira, que a veces son más verdaderas que las de verdad, tendrán doce meses para salir a la luz. Hasta el año que viene.

Mi décimo Festival de Cannes.

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