jueves, 5 de mayo de 2005

Los tacones son para las mujeres el equivalente a las corbatas para los hombres: incómodos, inútiles y con el extraño, pero definitivo poder de elevar a las personas que los portan a las esferas de la respetabilidad y el lustre social. No te miran igual con una corbata que con una camiseta de Iron Maiden, aunque el encorbatado sea un analfabeto y el otro un doctor en Derecho. Y de igual manera, si llevas zapato alto, no sólo tienes unas mejores piernas y un considerable dolor de pies al final del día, sino que sientes que las miradas son muy distintas a cuando vas con unas chanclas, por muy fashion que sean. Igual que el tipo con una corbata al cuello, por algún extraño fenómeno, automáticamente destila solvencia y competencia, una mujer a bordo de unos tacones resulta inquietantemente interesante, poderosa y sexy.
No me gusta pensar que si me subo a unos tacones bien altos y me pongo un pantalón de raya diplomática ya soy mucho más respetable y respetada que si me presento con mis Converse blancas, mi pantalón cargo beige y mi camiseta del último Festival de Cannes. Pero es un hecho: es necesario hacer equilibrios sobre unos stilettos para sentir de cerca el aliento del poder, aunque no lo tengas, las cosquillas de la admiración, aunque no la merezcas, el vértigo del control, aunque en el fondo no seas más que un peón más del tablero. Y cómo basta con bajarse de ellos y ponerte unas zapatillas cómodas para notar con toda su fuerza un extraño fenómeno que hace que el poder parezca menos poder, aunque siga ahí, la admiración se licue dejando gotitas de camaradería a todas luces infundada, y el control, aunque no se pierda en ningún momento, parezca difuminarse.

Por eso, aunque sólo sea por desconcertar un poco al personal, es tan divertido ir por la vida así, un día impecablemente vestida de ejecutiva agresiva y, al siguiente con unos vaqueros del Carrefour y unas zapatillas de deporte que están diciendo “Tírame…”.

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