sábado, 28 de mayo de 2005

Te dejaría marchar, aunque con tu partida arrastraras buena parte de mí, posiblemente lo mejor, seguramente lo único que me hace especial. Esa parte de mí que cuando tú llegaste no existía. Todo eso que tú hiciste surgir, brotar de la nada, o quizás del todo, igual que esos escultores que mirando el bloque de mármol afirman ver la estatua que está dentro y a la que sólo falta desembarazar de la piedra que sobra. Pero ¿dónde está ahora lo que a mi me sobraba? Tú y yo lo dejamos en el camino, ya no servía, nunca sirvió, y si ahora te llevases contigo lo que sacaste a la luz, ¿qué me quedaría? Pues algo muy parecido a la nada. O al todo, de nuevo. Aunque la pregunta entonces sería si yo podría vivir de nuevo así, si alguien más sería capaz de llegar hasta mí como tú lo hiciste. Sin buscar, pero encontrando, de la manera en que se producen los mejores descubrimientos. Arrojándose al vacío sin miedo al vértigo de lo incontrolable de mi alma, sin preocuparse del filo cortante de los riscos de mi carácter. Capaz de mirarme, y de ver.
Sabes que te dejaría marchar si tú me lo pidieras, pero lo que no sabes es que aunque con tu marcha me dejases sin nada, no podrías evitar que me quedara con lo mejor de ti. Guardaría para siempre todo lo vivido a tu lado. Todo el vendaval de emociones que desencadenaste con tu presencia. Desde tu primer guiño cómplice hasta el último de tus abrazos. Y eso es algo que ni el desencanto por la pérdida, ni la desesperanza ante un futuro sombrío, ni siquiera la terrible perspectiva de la nada más absoluta y desoladora podría arrebatarme.

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