martes, 24 de mayo de 2005

Uno de los primeros recuerdos que tengo de un adulto hostil, alguien amenazador y extraño, capaz de asustarme y de darme que pensar que quizás el mundo podía ser malo y hacerme daño si mis padres no andaban cerca fue esa ciega. Debería tener la edad de mi madre, o sea, unos veintiocho años en esa época en la que nos la cruzábamos de vez en cuando. A mí siempre me dio muchísimo miedo. Andaba rápidamente, sin titubear, como si realmente viera, arrasando y llevándose por delante todo lo que le estorbara a su paso. Porque si alguien se interponía entre su bastón y su camino daba unas voces y unos mandobles con el palo blanco que más valía correr y taparse los oídos cuando se la veía llegar. Jamás la vi sonreír, cosa que, a mis escasos cinco añitos me parecía lo más lógico y razonable del mundo, porque eso de no ver era como para enfadarse con todo bicho viviente, con el universo entero y con Dios mismo. Cada vez que nos la cruzábamos, me dejaba una destemplanza y una aprensión que me duraba un buen rato, así que cuando la veía acercarse le suplicaba a mi madre que nos cambiáramos de acera. Ella me veía tan acongojada que rápidamente pasábamos de ser potenciales víctimas de la ira de la ciega a simples espectadoras de un espectáculo tan triste como idéntico a sí mismo. Siempre desasosegante. Y capaz de marcarme lo suficiente como para que, más de treinta años después, no pueda evitar evocarla con desazón y pesadumbre .

Me acordé de ella de repente, de esa ciega rabiosa y amargada, iracunda e incapaz de resignarse, cuando vi en Cannes un cartel junto a una plaza de aparcamiento reservada a los minusválidos:
“Si tu veux ma place, prends mon handicap” (*)

Demoledor.


(*) Si quieres mi sitio, coge mi minusvalía. Sí no, te jodes y te largas echando hostias, que diría la ciega...

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