lunes, 6 de junio de 2005

En la penumbra, sus dedos tibios se deslizan lentamente, recorriendo mi pierna centímetro a centímetro, desde la planta del pie hasta la cadera, sin prisa, como si tuviese todo el tiempo del mundo en sus manos, aunque sólo dispone de poco más de media hora. Un calor extraño brota de sus manos, oleadas cálidas capaces de sacarme alternativamente escalofríos y llamaradas, con una firmeza dulce y una suavidad rotunda. La música, suave, casi tan imperceptible como la luz que nos rodea, invita a cerrar los ojos, y dejarse ir, pero soy curiosa y no puedo evitar mirarle: él sí que mantiene los ojos cerrados, mientras va y viene a lo largo de mis piernas, con decisión y delicadeza, una seguridad que recuerda a la de un pianista absorto en su música, concentrado y ausente de su auditorio y del mundo, sin necesidad de mirar ni la partitura ni el piano, porque conoce de sobra las teclas que ha de tocar, la intensidad de cada nota y el efecto que causará en el público.

Pero nada dura eternamente, aunque cuando me susurra “Te dejo. Sal cuando estés lista” me cuesta lo suyo recomponerme, volver a pisar el suelo y vestirme, y tengo la impresión de que llevo horas sintiendo el tacto de sus manos. Unas manos sabias, tan sabias como para lograr arrancar sensaciones parecidas como si fuesen únicas a todo aquel que, en un rapto de voluptuosidad y ganas de mimarse un poco, decida pagar 30 euros por un masaje de 40 minutos…