jueves, 23 de junio de 2005

Hasta los seis años viví en una casa que sólo tenía un comedor, un dormitorio y una habitación que se podría llamar “cocina” porque allí había un par de armarios llenos de platos y cacerolas y un camping gas con una bombona azul sobre una mesa. No, no me olvido del fregadero, ni del cuarto de baño, sencillamente es que no los había: no teníamos agua corriente. Mi madre salía a fregar los cacharros y a lavar la ropa al patio, en una pila que había allí, y compartíamos un water con otros vecinos que habitaban en cuchitriles similares al nuestro. En todo ese tiempo, yo me bañé siempre en un barreño y usé orinal, porque mis padres no me dejaban ir el aseo comunitario. Hasta que no nos mudamos al piso nuevo, donde estuve hasta los veintiseis, no supe lo que era tomar un baño, y tampoco tener una habitación propia con una cama de verdad. Y es que en mis primeros años, después de dejar la cuna dormí en una cama-mueble que se extendía en el comedor (que no salón, puesto que sólo había cuatro sillas, una mesa y un mueble, nada de sofá, no cabía….). De aquel primer hogar guardo un puñado de recuerdos tremendamente nítidos para lo pequeña que era. El dolor que sentí al hacerme la herida de la cicatriz que aún tengo en el meñique y que me hice raspándome contra la pared a bordo de un triciclo. O a la señora Ruperta, nuestra casera, y cómo me retiraba el pelo de la frente y suspiraba con auténtica pena: “Ay, qué lástima, qué sola te vas a quedar, con ese pico de viuda no habrá marido que te dure un asalto. Mírame a mí, que también tengo pico y ya he enterrado a dos maridos…”.

Supongo que ahora tendría que decir que, a pesar de todo, fui feliz en esa casa, y que, tras la bruma borrosa del tiempo pasado miro aquellos años con melancólica ternura. Pero no es así. En aquel entonces yo era pequeña, sí, pero yo quería tener una habitación mía, con una cama que siempre fuera cama, y muñecos sobre ella. Y cuando veía un cuarto de baño en la tele envidiaba a la gente que podía llenar la bañera de espuma y me hubiera encantado ver salir a mi madre envuelta en una toalla de manera arrebatadoramente sexy. Yo quería poder tumbarme en un sofá, y no tener que ver la tele sentada en una silla. Yo quería más. No es cierto que la infancia sea una inopia, un paraíso de juegos e inocencia. A mi me gustaba jugar, y disfrutaba de mi mundo, y tengo buenos recuerdos de ello. Pero vivir así no era fácil.

Porque yo era pobre. Y lo sabía.

Y esa certeza era más fuerte que la más pura de las inocencias....

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