miércoles, 15 de junio de 2005

La vida te pone cerca de personas, a veces muy cerca de muchas en poco tiempo, en otras ocasiones poniendo tan sólo un puñado a lo largo de años, porque, de alguna manera, nadie es totalmente impermeable a los otros, ni el más misántropo, ni el más arisco, escapa de la obligación, dulce a veces, tirana en demasiados momentos, de convivir con sus semejantes. Las circunstancias te hacen conocer gente, pero eso, aunque te ciegue el brillo de la sociabilidad, el vértigo de la empatía, y te tiente pensar lo contrario, sabes que, en el fondo, no significa nada. Cada persona tiene un límite de gente a la que acoger en su vida, en sus afectos, y está claro que, cuando el cupo se rebasa, los que siguen llegando no entran, por mucho que se pongan de perfil y metan la tripa. Puedes negarte a verlo una temporada, pero un mal día te terminas dando cuenta de que, imperceptiblemente has ido soltando lastre, has ido dejando en el camino nombres, números de teléfono, caras, voces… O quizás eres tú a la que han soltado la mano, y cuando quieres recordar, nadie más que tú baila la konga, aunque la música siga sonando.

Y un día te encuentras de nuevo solo. Aunque quizás tu gran error fue pensar que en algún momento, dejaste de estarlo del todo…

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