miércoles, 1 de junio de 2005

Llegará un día en que domine este carácter mío, tan proclive a campar por sus respetos sin mi consentimiento, tan amigo de zarandearme, de desconcertarme, como si no llevase conmigo misma el tiempo suficiente como para verme venir. A pesar de todo, confío en lograr alguna vez ser yo quien lleve las riendas, quien sepa cuándo tiene que ser dulce y tierna, y serlo, sin miedo a mostrarme vulnerable, o cuándo es preciso helar la sangre a alguien con mi indiferencia, y hacerlo sin piedad ni remordimientos. Tengo que pensar que es posible, lo necesito, pero hoy por hoy, no controlo ni mi blandenguería, que siempre está ahí, agazapada, lista para echarme por tierra y dejar que me pisoteen sin quejarme siquiera, ni tampoco mi dureza, que la tengo, y hace daño de veras, muchas veces a quien menos lo merece.

En mi ingenuidad espero ese día, si no glorioso, si lo bastante memorable como para considerarlo el principio de una vida mejor, sin esta sensación de no saber cómo acertar, de estar siempre fuera de lugar, de no dar pie con bola, de pecar tanto por exceso como por defecto. De no conocer las técnicas básicas para saber convivir ya no con el resto del mundo, sino conmigo misma.

Quizás si ese día llega, deje de ser un poco yo, pero, francamente, hoy es un día de ésos en los que esa posibilidad me importa un bledo.

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