sábado, 25 de junio de 2005

Lo mejor del verano para mí no son los helados, ni las cerezas, ni el gazpacho, ni siquiera lo es la ropa ligerita que permite volver a ser consciente de que una tiene un cuerpo, y te permite ver y dejar ver, aunque demasiadas veces traicione más que haga favores... A mí lo que más me gusta de la época veraniega es el derecho a la indolencia. La legitimidad de la pereza y la dejadez. La coartada del calor para justificar una apatía y una flojedad de la que el resto del año no resulta demasiado elegante alardear, pero que bajo la canícula es lógica y hasta une y crea extraños compañeros de sudores. Cuando eres mayor y ya no tienes tres meses de vacaciones, la jornada intensiva es lo más parecido a eso. Llegas a casa a las tres y media, comes, te echas la siesta, te levantas sudando tinta y mucho más cansada y cabreada que cuando te tumbaste, pero no te importa, porque estás en casita y no en la oficina, y te puedes preparar un bocadillo de nocilla, beberte un batido bien frío, o comerte un flas del paquete que tienes en el congelador. Incluso alguien tan de secano como yo, aburrida y sofocada hasta el extremo, puede caer en la tentación de pegarse un chapuzón en la piscina, y pasarse un buen rato aletargada sobre la toalla con los cascos puestos, mientras Jorge Drexler le susurra al oido que quiere ser uno y que sea lo que sea… Y así, sin hacer nada, solamente dejando pasar al tiempo, que llegue la hora de la cena, preparar algo facilito y terminar el día aquí, escribiendo algo o sencillamente visitando a otros menos vagos que tú que sí que han escrito. Sintiendo que no has aprovechado una tarde que es un regalo, y sabiendo que malgastarás el resto de las que te quedan hasta que vuelvas a trabajar mañana y tarde, pero curiosamente sin remordimiento alguno. Porque sabes que sigues siendo la misma, la que jamás se compró un libro de vacaciones Santillana, y te reconoces cuando te sientes incapaz de leer nada más sesudo que un Cosmopolitan hasta que empiece de nuevo el frío, y sonries. Porque el verano es la época en la que el no hacer nada no sólo no es malo, sino que resulta tan terapéutico que debería ser obligatorio, como las vacunas, y recomendado por la Organización Mundial de la Salud.

0 comentarios: