viernes, 3 de junio de 2005

Por definición, poder ver a Bruce Springsteen cantar, desde la fila 6 de la pista, a escasos 20 metros de ti, es una suerte. Un privilegio. Una loteria, teniendo en cuenta el caos que fue la venta de entradas para este concierto...

Haberlo visto en esta gira acústica, de la que no había escuchado ni una sola canción, ni siquiera de pasada en la radio, ha sido un poco decepcionante. Sobre todo cuando sabes que, de haber visto desde ese sitio privilegiado un concierto de los correspondientes a los discos anteriores, cualquiera hasta la gira de “Tunnel of love”, hubiese sido una experiencia de esas que no se olvidan nunca. De las que te mantienen en estado levitativo durante semanas. ¿Qué digo semanas? Meses. Sin embargo, a pesar de todo, Bruce sigue siendo Bruce, y estar allí anoche mereció la pena. A pesar de echar de menos ese Bruce rockero que el Bruce melancólico, meapilas y minimalista que anoche actuó en Madrid se encargó de mantener a raya...

Escucharle ayer fue como volver después de mucho tiempo a la casa donde naciste y viviste tus primeros años. Un hogar del que quizás no todos son buenos recuerdos, pero que fue tuyo, y del que aún reconoces cada rincón. Un lugar que, tras años sin pisarlo, el día que regresas te parece más pequeño, menos luminoso, o quizás sólo se trate de la nueva decoración, esa reforma tan radical que han hecho los nuevos dueños, demasiado distinta, excesivamente osada, que te desconcierta. Pero a pesar de todo, sigues sin poder evitar un escalofrío al recorrer sus pasillos. Era tu casa. Aún es tu casa. Siempre lo será. Porque aunque sus paredes se hayan quedado ahí, cambiando de color, sepultadas tras sucesivas manos de pintura, su esencia nunca dejó de acompañarte, y ya es parte de ti.

Ayer con Bruce me pasó exactamente eso...

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