martes, 26 de julio de 2005

El verano no me gusta, no sólo por el calor, que me atonta, me atolondra y me anula, sino por esa obligación insana de pasárselo bien por huevos, de estar guapo y delgado por decreto ley de todas las portadas de revista, de ligar o morir en el intento, de tener que contar historias acojonantes a tu vuelta de algún lugar aunque no te haya pasado nada interesante, de huír hacia cualquier parte, donde sea y al precio que sea, aunque sea al puto pueblo que tanto odias, el caso es salir, como si la casa propia quemase y hubiese que salir pitando de ella en cuanto toca pasar bajo su techo más de las horas reglamentarias de cenar, dormir y desayunar.
Pero da la casualidad de que a mí el sol me da alergia: he vuelto de este fin de semana largo llena de granos por los brazos y las piernas que me pican horrores. No sé pasármelo bien cuando se supone que tengo que hacerlo: es como si me bloqueara y me volviera más sosa y sin sustancia que nunca. He recuperado los kilos que se me escapaban del cuerpo estos meses atrás, así que, si no tengo cuidado y como demasiadas salchichas y choucroute en Alsacia, septiembre me recibirá con el ceño fruncido, una dieta que jamás he tenido que hacer en toda mi vida y la amenaza del gimnasio en el horizonte. Y si no fuera por el puto calor de este infernal Madrid, me quedaría en casita mis tres semanas de vacaciones, disfrutando de ella todo lo que el resto del año apenas puedo, en lugar de salir corriendo hacia tierras más frescas en cuanto me suelten el próximo viernes…

Lo cierto es que odio el verano. Me roba las ganas de leer, y aniquila el placer de escribir. Si se pudiera, haría el equivalente de la hibernación, cerraría los ojos a primeros de junio y los abriría en septiembre. Pero no puede ser. Así que sólo me queda intentar disfrutar de mis próximas tres semanas por tierras francesas, y desear con toda mi alma la vuelta a la normalidad. Igualito que cuando era pequeña, y a primeros de Agosto ya estaba deseando que mi madre me comprase los libros de texto para ir forrándolos...

Ya, ya lo sé. Seguramente me trague mis palabras a los tres días de desconexión y luego no quiera volver al tajo ni atada. Y lo más probable es que el fresquito de la Douce France consiga que me lie a escribir posts como una loca en una libreta, y lo primero que busque en los pueblos que visite sea el cibercafé para poder colgarlos. O lo mismo no tengo ni tiempo ni ganas de escribir nada hasta que vuelva. Y que cuando vuelva, ya no tenga sentido ponerme a contarlo. No tengo ni idea.

Bueno, pues eso. Que el viernes me voy. Pero volveré. Yo siempre vuelvo. Igual que el otoño, que es lo bueno que tiene: que siempre termina por volver.

Lo malo es que el verano, también...

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